domingo, 24 de noviembre de 2013

Moto en swahili es "piki piki"



Me gusta el swahili. Es un idioma sencillo en el que cada día que pasa aprendes una palabra nueva. Las más fáciles son “simba” (león), “tembo” (elefante), “safari” (viaje), “hatari” (peligro) y “hakuna matata” (No problem). Hoy, en la pista que va de Masai Mara a Isebania, en la frontera con Tanzania, he aprendido que moto es “piki piki”. Nos hemos encontrada muchas en el camino, y la mayoría cargadas hasta más allá de lo imaginable.
Aparte de las motos, en las pistas africanas, de un color rojo que hace que semejen una gran cicatriz, encuentras muchísima gente que camina con fardos de equilibrio precario en la cabeza. Y sorprende de vez en cuando la aparición de una casa de madera mal construida que ostenta el nombre de hotel. No se cortan a la hora de bautizarlos: he visto un Hilton, un Sheraton, un Intercontinental, un Best Zone…
Antes se podía cruzar de Masai Mara al Serengeti por las pistas de la sabana, pero ahora hay que dar una gran vuelta para cruzar la frontera por Isebania, casi a la altura del lago Victoria. Es un trayecto largo e incómodo: tres horas de tumbos hasta que, cerca de la frontera, reaparece el asfalto. El cruce a Tanzania es sencillo y rápido, siempre que aflojes los 50 dólares del visado. Quedan todavía un par de horas hasta llegar a Musomba, a orillas del Victoria. Por cierto, en Musomba aprendí otra divertida palabra swahili: las rotondas de carretera se llaman “kipilefti”, por aquello de “keep to the left”. Gran idioma el swahili.


lunes, 18 de noviembre de 2013

La otra dimensión de la fauna africana



En África los animales viven en otra dimensión. Cuando te cruzas con una manada de elefantes en Masai Mara te das cuenta de que los animales europeos no tienen nada que ver con los africanos. Pesan al nacer unos 120 kilos (no está mal para empezar), en la edad adulta comen hasta 200 kilos por día y pueden llegar a pesar 10.000 kilos. Es, en resumen, un mamífero de peso… Y, sin embargo, cuando me cruzo con ellos en África lo que me inspiran es ternura. Ya sé que hay elefantes agresivos que han volcado 4x4 y matado a personas, pero su andar cansino y su manera pausada de comer la hierba hacen que me parezca un animal entrañable.
Por supuesto que las cosas se ven de otro modo cuando estás en un 4x4, con el motor en marcha y preparado para largarte al menor síntoma de peligro. En Amboseli, otro parque de Kenya, y en Chobe (Botswana) llegué ver manadas de 200 elefantes, con lo que la sensación de estar en otra dimensión aumentó unos cuantos grados. También me inspiran ternura las jirafas, o las demasiadas cebras que los turistas fotografían sin cesar. 
¿Cómo es posible que una jirafa pueda medir casi 6 metros de altura y pesar 750 kilos? No parece sostenible, para utilizar un palabro de moda. Pero allí están, caminando tranquilamente junto al 4x4 o agachándose para comer las ramas altas de las acacias. ¿Y las cebras? Bueno, en este caso el tamaño no es lo que importa, si no el número. Van siempre en grandes manadas, igual que los ñus, como si las regalaran en un Todo a Cien, con su vestido de rayas y el temor a flor de piel, prestas a largarse corriendo al más mínimo ruido. No, tampoco creo que ni las jirafas ni las manadas de cebras sean sostenibles, pero ahí están. África da para esto y mucho más. Otra dimensión.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Los leones de Masai Mara



En Masai Mara, una reserva de 1.500 kilómetros cuadrados, uno se siente transportado a un maravilloso mundo pretérito en el que la Naturaleza lo es todo. Escribió el escritor Alberto Moravia que viajar África es, en cierto modo, viajar a la Prehistoria. Tenía razón. Y es que aquí tienes la impresión de que la civilización occidental queda muy lejos. Ni los castillos ni las ermitas dominan un paisaje en el que se imponen los grandes árboles y la extensa sabana. Y la fauna salvaje, por supuesto, con el león como gran protagonista.
De los Cinco Grandes (elefante, rinoceronte, búfalo, león y leopardo), el león es el animal más buscado por los visitantes de Masai Mara. Y están de suerte, ya que se calcula que hay unos cuatrocientos en la reserva. Suelen agruparse en manadas y, cuando el sol está alto, no parecen muy partidarios de la actividad física. Yacen a la sombra, bostezando, y apenas si se mueven cuando los turistas les ametrallan con sus cámaras. Permanecen inactivos unas veinte horas al día, un exceso. 
El león es el felino más grande. Puede llegar a los 250 kilos de peso y cuando está en libertad vive entre diez y catorce años. Me contaron en Botswana que “no suelen comer hombres porque les molesta que los jirones de ropa se les queden entre los dientes”. Es una curiosa opinión, aunque el libro de Los devoradores de hombres del Tsavo, del coronel John Henry Paterson, la desmiente. En 1898, durante la construcción del ferrocarril en la región keniana de Tsavo, los leones se zamparon a más de treinta hombres. En resumen, que es muy probable que los leones prefieran engullir cebras, ñus o gacelas, pero, por si acaso, es mejor no acercarse demasiado.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

El masai que conoció la nieve en Andorra



William Nkumum es un masai que trabaja como ojeador para el Kandili Camp, un campamento que regenta la española Ana Pérez en las cercanías de Masai Mara, en un lugar espectacular a un paso de Leopard Gorge, donde la BBC filmó la serie Big Cat. William es tan buen ojeador que podría decirse que allí donde pone el ojo hay un león.
Lo bueno de William es que tiene además un excelente sentido del humor. Él mismo se ríe cuando recuerda el viaje que hizo el pasado febrero a Barcelona y Andorra. Viajó allí vestido como un masai, con la manta típica y, aunque pasó frío, fue una grata experiencia. Lo invitaron unos amigos andorranos que conoció en Masai Mara y gracias a ellos pudo visitar el Camp Nou, caminar por las Ramblas apartando la gente que quería fotografiarle y pisar la nieve en Andorra. Todo le encantó, pero echaba de menos Masai Mara. 
Que William es un masai auténtico queda claro cuando, al preguntarle como fue su viaje por los Pirineos, responde: “Avisté un rebeco, un zorro, águilas y hasta un lobo”. Los animales son lo primero, aunque William se preguntaba, durante su viaje por Cataluña, por qué la gente tiene tanta prisa y cómo se las arregla la fauna para cruzar la autopista.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Camino a Masai Mara



De Nairobi a la reserva de Masai Mara hay 270 kilómetros. Si estuviéramos en Europa podríamos calcular unas tres horas. Pero estamos en África, y la diferencia es importante. De entrada hay que sumarle el atasco de Nairobi; y también hay que tener en cuenta que una carretera africana siempre tiene sus sorpresas. Tramos sin asfaltar, por ejemplo, obras caóticas o gente caminando por el arcén, a menudo con un fardo en la cabeza. Sipongo que por todo ello hay carteles enormes que te piden paciencia. Como éste que indica: “Créeme, llegarás. ¡No corras!”.
Cuando llegamos al valle del Rift, que se abre como un mundo perdido después de un fuerte descenso, el paisaje cambia de repente. Aparecen la sabana, los remolinos de polvo, las acacias de sombra y los grandes horizontes. En resumen, el África que esperábamos. Si abres la ventanilla, hueles una mezcla dulzona que podría resumirse en la suma de combustible mal quemado y fruta podrida. Al cabo de cuatro horas llegamos a Narok, la ciudad más grande de los masais, puro contrasentido. Poco después llega la desviación a Masai Mara, una pista en mal estado que se supone que forma parte de la ambientación.
Una hora después nos encontramos con los grandes rebaños de los masais, y con gacelas, cebras, jirafas… Por fin estamos en el África que hemos venido a ver, en esta África que, según Alberto Moravia, te traslada a la prehistoria. Empieza la aventura, o por lo menos el mejor sucedáneo de aventura que se conoce.