martes, 12 de junio de 2012

Malta (3): El rastro de los caballeros

Si en la isla de Gozo puedes vivir todavía una república de Malta rural, con una costa tranquila y rincones de ensueño, en la isla grande Malta, que por cierto mide la mitad que la de Menorca, lo que se lleva son las grandes áreas urbanas concentradas en torno a la capital, La Valetta. Es lo que tiene concentrar 400.000 habitantes en dos pequeñas islas; bueno, tres, aunque la tercera, Comino, tiene sólo 3 habitantes. La isla de Malta agobia más que Gozo, claro, pero también te permite perderte por los maravillosos rincones históricos de la antigua capital, M'dina, donde quedan palacios bien conservados que nos dejaron los Caballeros de Malta, presentes en la isla desde 1530, cuando Carlos I se la regaló después de que fueran expulsados por los turcos de Rodas, hasta 1798, cuando Napoleón llegó allí de mala manera, en su ruta hacia las pirámides.


Pasear por M'dina merece mucho la pena, sobre todo si es al anochecer, cuando justifica su apelativo de "la ciudad del silencio". De día, cuando la visitan los miles de cruceristas que hacen un alto de sólo unas horas en Malta en su apretado programa de visite todo el Mediterráneo en una semana... sin enterarse de nada, es otra cosa.
      En el puerto de La Valetta, sin embargo, el escenario vuelve a vestirse de la dimensión histórica que le dieron los Caballeros de Malta, empeñados en convertir a la isla en una fortaleza frente al asedio turco. No creo que haya un puerto natural más bello en el Mediterráneo, con las dos entradas que flanquean la península de La Valetta, y las subsiguientes entradillas que dan lugar a las llamadas Tres Ciudades. Todas fortificadas a fondo. Poca broma con los turcos de entonces. Ahora, sin embargo, se venden como el Hollywood del Mediterráneo, como lo prueban las superproducciones Ágora, Gladiator, El expreso de Medianoche o El Conde de Montecristo.


Me impresionaron las fortalezas de La Valetta, pero también los antiguos edificios, como la catedral de San Juan, el palacio del Gran Maestre y los albergues de las distintas lenguas de los Caballeros: el de Castilla, el de Aragón, el de Italia, el de Francia... Supongo que, por fidelidad al espíritu de los nuevos tiempos, en el antiguo palacio de Italia está ahora instalada la Oficina de Turismo de la isla. Y es que, olvidado ya el peligro turco, el principal objetivo es ya, descaradamente, el turismo. Y no sólo el de cruceros, claro, si no uno que se quede unos días a vivir el ambiente en algunos momentos napolitano de Malta.


La decadencia, por cierto, le sienta bien a La Valetta, pero conviene evitar que esta decadencia acabe convirtiéndose en crónica, ya que, de tan entregados al dios del turismo como están, los malteses se preocupan de arreglar sólo la parte baja de las casas, la correspondiente a la tienda, y abandonan las plantas superiores.


Se ve un paisaje urbano muy dejado, pero, vete a saber, quizás lo hacen pensando en los muchos turistas, siempre a la caza de una decadencia no demasiado estudiada que le de un poco de alma a las viejas ciudades con un exceso de historia.

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