jueves, 14 de enero de 2016

Nos vamos un momento a Birmania



De todas las cosas que vi en Birmania, la que más me llamó la atención fue este cartel dirigido a los motoristas en Tachileik. Me gusta porque es claro y conciso, sin problema de lengua. Esto no puede hacerse y ya está. Cierto que también vi algunos templos y comí de maravilla, pero los viajes tienen eso: al final te quedas con una imagen que se te queda grabada.
Fue mi amigo Romero el que me propuso la escapada birmana. “Tengo que ir un momento a Birmania”, me dijo mientras estábamos holgazaneando en Chiang Mai. ¿Me acompañas?”. Me sorprendió cómo lo dijo, en un tono neutro, como si dijera: “Voy un momento a comprar el periódico”. Teniendo en cuenta que Mae Sai, el pueblo de la frontera, se encuentra a más de 200 kilómetros, me pareció un capricho curioso. Luego me lo explicó: tenía que ir a Birmania por un lío burocrático. Así pues, subimos a un autobús hasta Chiang Rai y luego a otro hasta la frontera, que pasamos a pie, sin agobios. Lo curioso es que, en vez de ponerte un sello, si vas de paseo por unas horas, la Policía birmana se queda con tu pasaporte, te da uno provisional y te lo devuelve cuando regresas. Allí, por cierto, vi este otro cartel. 
El “momento birmano” estuvo bien. De paso estuvimos un día en un agradable poblado akha del Triángulo de Oro, paseamos por plantaciones de te y nos bebimos unas buenas cervezas a orillas del Mekong, en Chiang Saeng. Tardamos unos cuantos días, pero es lo que tienen los viajes: que la línea recta y el camino más lento casi nunca es lo mejor. Lo bueno siempre toma su tiempo.



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