sábado, 1 de junio de 2013

De isla en isla por las Maldivas


Lo que se lleva en las Maldivas es ir dando saltos de isla en isla. Como en el Juego de la Oca, pero en un hidroavión que enlaza las muchas islas de este país tan acuático. El viaje, a poca altura, suele ser placentero, siempre con unas cuantas islas a la vista que destacan sobre el azul del mar. Al despegar, puedo ver al completo la bella isla de Kuramathi, donde he pasado los últimos días. Mide 1,8 kilómetros de punta a punta, aunque la vegetación tropical hace que parezca más grande.
Vuelo plácido, como decía, de isla en isla y de belleza en belleza, hasta que llega la lluvia y el mar se encrespa. No suele suceder, pero hoy toca. La piloto, una canadiense simpática bregada en los cielos de la isla de Vancouver, intenta amerizar por dos veces, pero acaba desistiendo la ver las olas demasiado crecidas. Mientras, vamos viendo más islas, algunas con hoteles-paraísos, con villas sobre el agua pensadas para honeymooners.

Al final, por culpa de las olas, amerizamos más lejos de lo previsto. Bajamos a una balsa mínima, de seis metros cuadrados, donde no hay más remedio que esperar. En este espacio mínimo surge la camaradería típica de las emergencias. Durante el vuelo nos hemos ignorado, pero ahora todos hablamos con todos, nos contamos la vida y reímos juntos. Cuando por fin, después de una hora de espera, llega la barca a rescatarnos, zarpamos en busca de Maafushivaru, una isla de quinientos metros de diámetro que, cómo no, también ejerce de paraíso para turistas. Un placer, por supuesto.

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