domingo, 8 de diciembre de 2013

La inmensidad de la sabana del Serengeti



El Serengeti es un parque enorme de 13.000 kilómetros cuadrados, más grande que la provincia de Lérida. Se encuentra en Tanzania, pero como la fauna salvaje no sabe de fronteras, en él puedes ver los mismos ñus y cebras que corren por Masai Mara, en la vecina Kenya. Cuando llega la estación seca, cruzan el río, cambian de país y se asientan aquí, sin problemas de pasaporte. A la entrada del parque, en la Ndabaka Gate, te recibe el cráneo de un búfalo, con los cuernos intactos y la piel a tiras. Es como un aviso de que aquí la naturaleza va en serio.
Lo bueno del Serengeti es la sabana, una llanura sin fin punteada por acacias de sombra formato parasol. Es lo bueno del parque, pero a veces también puede ser lo malo, ya que en medio de la inmensidad no es fácil ver a alguno de los cinco grandes. Con los elefantes y jirafas no hay problema, porque se destacan por su tamaño, pero cuando un león o un leopardo se agazapan en la hierba, no hay quien les eche el ojo. Con los ñus es mucho más fácil. Se calcula que hay más de un millón en el Serengeti y los ves a menudo en manadas, asustados y prestos a echar a correr a la más mínima ocasión.
A los ñus les siguen, en cantidad, las gacelas y las cebras. Se les ve correr felices por la sabana, hasta que aparece la sospecha de un león o de un leopardo. Entonces llega el pánico y empieza una carrera alocada que levanta nubes de polvo y chillidos de terror. Al caer la noche, mientras bebes un gin tonic junto a la hoguera del Pumzika Safari Camp, el rugido de un león demasiado cercano te confirma que todo lo visto te deja un inequívoco sabor a África.

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