domingo, 29 de junio de 2014

Destino, Camboya



Para volar a Camboya hay que pasar primero por el aeropuerto de Bangkok. Son más de diez horas desde Madrid, pero ya se sabe que lo bueno se hace esperar. Una vez en la capital de Tailandia, con los sentidos medio dormidos y los ojos medio cerrados por culpa del jet lag, toca cambiar de ventanilla, pasar controles policiales como un zombie y subirse a un avión de Bangkok Airways, la compañía boutique que en sólo una hora te lleva al aeropuerto de Siem Reap, la ciudad adosada a los maravillosos templos de Angkor, una de las maravillas de Asia. 
A bordo, la vida es fácil, con azafatas sonrientes, arrozales en la ventanilla y Camboya cada vez más cerca. Sólo rellenar el formulario de entrada se me ilumina la mirada. “Cambodia, Kingdom of Wonder”, dice la tarjeta, con la silueta de Angkor Wat presidiendo. ¡Uau, ya me estoy camboyando encima”. 
La última vez que estuve en Siem Reap, con la mochila a la espalda y presupuesto low cost, tardé diez horas en autobús desde Bangkok. Fue un viaje largo, pesado e incómodo que parecía que no iba a terminar nunca. Hoy, afortunadamente, todo va mejor, más fluido. Sí, ya sé que un autobús renqueante da más sensación de viaje, pero el avión acorta distancias, algo que se agradece cuando ya llevas una eternidad en avión y no sabes ni que día es hoy.

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