viernes, 10 de octubre de 2014

Desde un lugar llamado Solitaire



Me gusta Solitaire, un lugar perdido en el desierto del Namib en el que se amontonan viejos coches desvencijados e historias de soledad. Es, de hecho, poco más que una gasolinera, una tienda, una oficina de correos y un motel adosado. Es también un lugar de encuentro al que dan vida los granjeros de los alrededores, que acuden a Solitaire en busca de un último trago.
Dicen que le pusieron el nombre de Solitaire por la obvia soledad del lugar y por el nombre que reciben los anillos con un único diamante. A la entrada, un cartel indica “Welcome to Solitaire”, con el número de habitantes escrito con tiza: un 31 tachado, un 42 tachado y un 92 sin tachar. Me parecen muchos para tan poco lugar.
Mientras me tomo una cerveza fría en el bar, me comenta la camarera que el alma del lugar, Moose McGregor, murió el pasado mes de enero. “Hacía un pastel de manzana estupendo”, suspira. “Todavía lo vendemos en la Bakery”. Al rato llega un granjero, pide un whisky con hielo y vacía el vaso de un trago. Mientras le veo alejarse con modales de cowboy pienso que Solitaire es un buen lugar para decir adiós.
Hasta pronto, Namibia.

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