jueves, 9 de agosto de 2012

La Roca que Llora de la isla Mauricio

Cuando un amigo francés me habló de la Roca que Llora tuve claro que quería ir hasta allí. Sí, ya sé que puede parecer un nombre ridículo, estilo La Vaca que Ríe o La Ballena Alegre, pero me apetecía ver una roca llorando. El amigo añadió que isla Mauricio le gustaba porque, aunque era una isla africana con paisajes caribeños, en algún momento le recordaba la Bretaña. No le creí, ya que lo visto hasta entonces no tenía, ni remotamente, nada que ver con los acantilados de la Bretaña, pero al llegar a Gris Gris y ver al final de la playa la Roca que Llora, tuve que darle la razón.

Para llegar hasta esa roca tristona me había dirigido hacia el sur por una carretera que serpentea por una costa amable, con vegetación tropical, playas vacías y, de vez en cuando, ruinas holandesas o francesas que indican que el paraíso también tiene un pasado. La escasa circulación, la ausencia de prisas y las verdes colinas que se suceden en la costa convierten la excursión en un agradable paseo.


La diferencia de la Roca que Llora respecto al resto de la isla es que en esta parte de Mauricio no hay barrera de coral que proteja la costa, por lo que las olas baten con bravura contra los acantilados. Uno de ellos, precisamente, fue bautizado por un supuesto poeta como la Roca que Llora, ya que el agua de mar, tras golpearla sin compasión, chorrea hacia el mar como si vertiera lágrimas, ante el regocijo de los turistas. 

Estuve varias horas paseando por aquella costa maravillosa, fascinado por la fuerza de las olas, el movimiento de las nubes, los cambios de luz, un paisaje ciertamente bretón y una roca que no paraba de llorar, como si la vida fuera mucho más dura de lo que es en realidad en Mauricio.




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