domingo, 5 de agosto de 2012

Mauricio de todos los colores

Hoy me voy de excursión a la parte sur de la isla. Estamos en invierno, pero la temperatura es de 25 grados y luce el sol. Cosas del Trópico. Observo por el camino que Mauricio me recuerda a veces a Inglaterra (conducen por la izquierda), Cuba (abundan las plantaciones de caña de azúcar), la Polinesia (hablan francés con acento raro), el Caribe (las playas, el mar…), la India, sobre todo cuando paso ante un templo hindú, e incluso otros lugares. ¡Menudo lío! ¿Será isla Mauricio un invento de la ONU?

Frente al agobio de la región que rodea a la capital, Port Louis, construida en exceso, prefiero el sur, donde domina una naturaleza espectacular, especialmente en Chamarel y en el Parque Nacional del Black River. Bosques bien conservados, aire más fresco y una densa vegetación que llega hasta la misma orilla del mar para contagiar una sensación de paraíso.
Lo bueno de Mauricio es que, de vez en cuando, casi sin previo aviso, te encuentras con lugares increíbles. Por ejemplo, la Tierra de los Siete Colores, un paisaje que parece un decorado y que ejerce de testimonio de la naturaleza volcánica de la isla.
La carretera que discurre por la costa sur es amable y discreta, sin mucho tráfico. De vez en cuando, los pescadores desembarcan en la misma playa y pesan la pesca del día. ¡Eso sí que es pescado fresco! ¡Y sin intermediarios! Enseguida lo venden todo, y los hay que hasta se ofrecen para encender una hoguera en la arena y hacerte un pescado o una langosta a la brasa.

De regreso al hotel se levanta un viento inesperado, el cielo se llena de nubarrones y el mar se llena de desasosiego. Se acerca otra tormenta. Me sirvo una cerveza fresca y me instalo en la terraza para ver otro gran espectáculo made in Mauritius.





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