sábado, 15 de septiembre de 2012

La carretera de los trolls

Resulta curioso que los trolls, considerados en la mitología nórdica como monstruos feos, grandotes y sucios, gocen de tanto predicamento en Noruega. Pero es un hecho que los tratan como si fueran de la familia. Nadie los ha visto, ya que por definición son invisibles, pero son como las meigas en Galicia, “haberlos, haylos”. Confieso que hasta que hace poco los únicos trolls que había visto eran los de las tiendas de Noruega: unos muñequitos narizotas, despeinados y desgarbados. Y lo más sorprendente es que la gente los compra como si fueran muy cuquis. Misterios de la trollología. En este estado de cosas, no es extraño que frenara en seco al encontrarme, en una carretera cercana a Andalsnes, una señal que advertía: “Peligro: Trolls”.

“Claro que hay trolls por aquí”, me dijo un noruego de aspecto serio. “Que no los veamos no quiere decir que no existan. Éste es el típico lugar donde puedes sentir su presencia”. Cerré los ojos y me concentré, pero no sentí nada. Supongo que tienes que nacer noruego para esto. En cualquier caso, allí empieza la Trollsitgen, o escalera de los trolls, una carretera que sube hasta 858 metros, con curvas pronunciadas y fuerte pendiente. Desde lo alto se desploman unas cuantas cascadas en las que, según dicen, podrían vivir trolls, pero yo, pobre de mí, sólo vi agua.
La carretera es de las que se suben con el corazón encogido, sin detenerse, encajonados entre montañas por las que se supone que vagan felices los trolls. En lo alto hay una esplanada de la que sale un sendero que conduce a un par de miradores espectaculares, de nido de águilas. Soy tan inútil que no conseguí ni ver ni sentir ningún troll, pero me alegró comprobar que en la tienda los vendían como churros. La verdad es que sigo sin verles la gracia, pero por lo menos no apestan, como dicen que hacen los auténticos trolls.

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