lunes, 24 de septiembre de 2012

Un hotel de 1891 (con fantasma incluido)

Apenas entro en el Hotel Union, en Øye, me doy cuenta de que el viaje por Noruega pasa a otro nivel: la dimensión desconocida, viaje en el tiempo… En fin, llamadle como queráis. Llueve y la niebla cubre la cima de la montaña, pero la puerta no chirría, como podría esperarse de un hotel de 1891 (¡hay que cuidar los detalles, hoteleros!). Desde el exterior, sin embargo, se adivina que el hotel tiene pedigrí añejo.

En el Hotel Union se han hospedado, desde su fundación, huéspedes ilustres que venían atraídos por la belleza de los fiordos, desde el Káiser Guillermo II hasta la Reina Guillermina de Holanda. Pero, realeza aparte, quienes más prestigio dan al hotel son los exploradores como Amundsen, los músicos como Grieg y los escritores como Karen Blixen o Arthur Conan Doyle. Por cierto, hablando del autor de Sherlock Holmes, dicen que hay un fantasma que merodea de noche por el hotel.

 Se diría que las habitaciones no han cambiado desde hace más de cien años. Camas con baldaquino, jofainas, cortinas de época, suelo de madera y, por supuesto, ni teléfono ni televisión. La fidelidad al siglo XIX tiene esos caprichos. Una camarera llamada Solveig fue la primera en hablarme del fantasma. Responde al nombre de Linda y, según parece, pertenece a una muchacha que trabajó años atrás en el hotel, donde se enamoró de un oficial del séquito del Káiser Guillermo II. Cegada por un amor imposible, ya que él estaba casado en Alemania y no podía obtener el divorcio, acabó lanzándose a las aguas de un río. Lo curioso de la historia es que él le había regalado un broche como prueba de amor, pero ella lo perdió al salvar una niña de morir ahogada. Lo buscó infructuosamente, pero nunca lo encontró. Sin embargo, cuando encontraron su cadáver junto al río… llevaba el broche en el pecho.
            No busquéis explicación. La lógica fantasmal discurre por otros derroteros. Volviendo al presente, diré que Linda no se manifestó aquella noche. Lástima. Bueno, por lo menos no supe verla, pero es que yo soy muy negado para esas cosas. Igual es como los elfos y los trolls, que aseguran que existen en Noruega pero no hay manera de echarles el ojo. Eso sí, al despertarme vi a un tipo que se parecía a Sherlock Holmes husmeando, lupa en mano, en la biblioteca del hotel. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, me respondió: “Elemental, querido Watson”.

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