jueves, 13 de septiembre de 2012

Y, de repente, una isla Noruega

Los viajes de hoy permiten cambios radicales en sólo cuestión de horas. ¡Zas! Como si de un truco de magia se tratara. Hace unos días estaba en Menorca, gozando de la plácida vida mediterránea, y ahora, tras un par de saltos en avión, estoy en Noruega, en la bella región de los fiordos del sur. Cambio de pantalla, cambio de clima, cambio de todo. El sol de Menorca cede el paso, en Kristiansund, a una lluvia intensa, un viento racheado que deconstruye paraguas y 10 grados de temperatura. Welcome to Norway, proclama un cartel, pero nadie te advierte de que la palabra verano no significa lo mismo en Noruega, sobre todo en septiembre. 


Noruega es un país hermoso y rico. Tiene un sinfín de islas pegadas a la costa, pero como allí no hay recortes, el Gobierno echa mano de las arcas públicas, repletas gracias al petróleo, y las une con una sutil costura de túneles y puentes de diseño atrevido. Por uno de esos túneles, que parece descender al centro de la Tierra, pasamos a la isla vecina de Averoya y, una vez allí, nos embarcamos para llegar a Haholmen, una islita rocosa que fue refugio de pescadores de bacalao y que hoy ocupa un hotel encantador, distribuido en casas de madera.
Sopla el viento en la isla y las nubes negras sugieren un mundo dramático, pero todo se arregla con una buena cena a base de bacalao en uno de esos interiores nórdicos que parecen tener el copyright de la calidez. Se está bien en Haholmen, a pesar de la lluvia, del viento y del cambio de chip. Las habitaciones son como camarotes, pequeñas pero muy acogedoras, con una madera que huele a Norte y que te lleva a pensar en Norwegian Word: “I once had a girl or should I say she once had me…”. Y cuando, de repente, sale el sol, aunque sólo sea unos minutos, el paisaje se suaviza y se reviste de unos colores intensos que confirman que Noruega es uno de los países más bellos de Europa.

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