viernes, 5 de octubre de 2012

Adiós a Noruega desde el faro de Alnes



Los faros siempre tienen un atractivo especial, sobre todo cuando la tormenta enfurece las aguas y, como decía el gran poeta Ausiàs Marc, parece que el mar hierva, “mudant color e l’estat natural”. Incluso hoy, cuando la figura romántica del farero ha cedido el paso al frío piloto automático, los faros siguen simbolizando la luz que te guía en medio de la oscuridad y la confusión. En este sentido, el faro de Alnes, en el sur de Noruega, es un buen lugar para despedirme de Noruega.
La parte más antigua del faro de Alnes data de 1876, aunque una reforma de 1936 le dio su aspecto actual. En cualquier caso, en esta costa abrupta y resquebrajada, azotada por el viento y las olas, el faro de Alnes tiene la virtud de acogerte con cariño, sobre todo cuando las dos mujeres que lo llevan, Ida y Anja, te ofrecen su excelente sopa de pescado y un pastel que desprende calidez casera.
Cuenta Ida que cuando hay tormenta le gusta subir al faro. “Es increíble sentir el viento en la casa y ver cómo se encrespa el mar”, dice ilusionada. “Esta cosa tiene algo especial”. Y mientras las nubes atraviesan el cielo en modo acelerado, dando lugar a constantes cambios de luz, le doy la razón. Esta costa tiene algo muy especial, sobre todo cuando la miras desde el faro. La voy a echar de menos, y también a los elfos y a los espíritus que seguro que siguen campando por los fiordos noruegos.

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