miércoles, 16 de enero de 2013

Alaska a 28 grados bajo cero


Ha cambiado el viento. El del sur, que días atrás traía a Alaska unas sorprendentes temperaturas bajas para enero (en torno a las 0 grados), ha cesado y ahora sopla el gélido viento del norte. Los alaskianos respiran tranquilos: "Todo vuelve a ser como tiene que ser", me dice un tiparrón envuelto en pieles en Tok. Cuando para de nevar, el termómetro inicia un descenso en caída libre; alcanzamos los 28 bajo cero y la gente sonríe satisfecha. Si vives en una tierra extrema, en la última frontera, no puedes andarte con chiquitas, parecen decir. El frío es su elemento. Los ríos y los lagos se hielan y Alaska se encierra en sí misma.
Las carreteras se hielan y tengo la sensación de estar viviendo 24 horas al día en un congelador. Nos cruzamos muy pocos coches; uno cada media hora como mucho, la mayoría camiones de gran tonelaje que avanzan a gran velocidad para que Alaska no quede desabastecido. Sensación de lugar límite en el que es mejor no preguntarse qué pasaría en caso de avería.
Por la noche, en medio del frío, se abre el cielo y aparece el primer atisbo de aurora boreal: luces verdes que bailan en medio del cielo evocando un mundo misterioso. A pesar del frío, se está bien en Alaska.

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