viernes, 4 de enero de 2013

Museos con alma de Berlín

No soy de los que se pirran por los museos, no pertenezco al selecto grupo de personas que no paran hasta haber visitado todos los museos de una ciudad; y tampoco soy de esos que pueden pasarse cinco horas viviendo en un museo para así poder captar la esencia de las obras de arte. Lo mío es más bien lo contrario: prefiero patearme las calles o pasarme horas en un bar observando la gente. Ahora bien hay un museo que tengo por norma visitar cada vez que voy a Berlín: el Pergamon.
Me fascina este museo en el que puedes ver piezas tan descomunales como el Altar de Pérgamo, la Puerta del Mercado de Mileto (en la foto) o un fragmento de las Murallas de Babilonia. El museo fue construido entre 1910 y 1930, cuando las campañas arqueológicas alemanas estaban en auge, y allí fue a parar el producto del saqueo. Cada vez que visito el Pergamon no me puedo creer que contenga tantas maravillas. Pero ahí están, y sólo se me ocurre un adjetivo: Colosal. O mejor con k: Kolossal. Muy cerca, en el Neues Museum, contemplo el precioso busto de Nerfetiti, otra pieza maravillosa que también consigue hacerme olvidar mi aversión a los museos. Cien años después de su hallazgo mantiene imperturbable su belleza eterna.
Y ahora: cambio radical de escenario. No conocía el Museo Judío, obra del arquitecto Daniel Libeskind, inaugurado en 1999, y tengo que admitir que me ha fascinado hasta el límite de volver a creer en los museos. Esas bigas de hormigón que cruzan las salas como lanzas, la frialdad de las salas vacías, la Torre del Holocausto y el Jardín del Exilio... La sensación de dolor y desolación que transmite va mucho más allá de lo que consiguen comunicar los museos tradicionales. Es, como el Pergamon, un museo con alma.


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