lunes, 14 de enero de 2013

Carreteras nevadas de Alaska


Cuando aterrizo en Anchorage, a medianoche, la nieve cubre la pista y cae una nevada que lo cubre todo de un silencio blanco. Es el ambiente invernal que esperaba encontrar en enero, pero el taxista que me lleva al centro, un macedonio enfurruñado, me informa, escandalizado, de que “¡estamos a 2 grados positivos!”. Y añade, cabreado: “Antes en enero llegábamos a 30 bajo cero. Llevo quince años en Alaska y nunca habíamos tenido un invierno tan suave. El tiempo está loco, loco”.
             Bueno, pues resulta que el tiempo, aquí arriba, tampoco es lo que era. La culpa es del cambio climático, claro, al que no perdona el taxista macedonio. Por suerte, en el camino hacia la ciudad, un alce cruza cansinamente la carretera como si dijera, a pesar de todo, “Welcome to Alaska”.
Al día siguiente dejo la ciudad para salir de viaje hacia el interior, donde la nieve es más auténtica, y hasta más blanca, que en la ciudad. El paisaje se vuelve solitario, inhóspito, alaskiano. Sólo faltan unos cuantos tramperos y buscadores de oro para subrayar que estamos en el estado de la Última Frontera.
Son kilómetros y kilómetros de monotonía blanca que me hacen comprender mejor el título de un libro de relatos de Jack London: El silencio blanco. El cielo, por desgracia, está cubierto y no habrá auroras boreales esta noche, pero la nevada indica que hay otros alicientes en Alaska. En un alto en un motel de carretera, una mujer del sur habla de la soledad de esta tierra con mirada triste. “A Alaska sólo se puede venir a vivir por amor o por ganas de aventura”, murmura. “Yo vine por amor, pero se acabó… Me separé hace unos meses, pero sigo viviendo aquí y preguntándome por qué no me voy”.
            Y la nieve no cesa de caer, borrando la carretera y borrando también el pasado de esa mujer de ojos tristes que un día llegó al norte por amor. Son historias de Alaska, historias de moteles de carretera, historias de la Última Frontera.

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