jueves, 1 de agosto de 2013

Fuga del pueblo-prisión de Veenhuizen


Se acabó. Por fin he conseguido fugarme del pueblo-prisión de Veenhuizen. Después de pasar todo el mes de julio en este original pueblo holandés, entre canales, marismas, bicicletas y módulos carcelarios, me largo para el sur, a pasar calor en casa. La verdad es que, visto lo visto, en Veenhuizen se vive muy bien. ¡Y fresquito! Pero al final he hecho como los hermanos Dalton, he pedido el montante y me he largado.
Me preguntan los amigos si salgo con la condicional. La verdad es que no lo sé. Preferí no preguntarlo. Aunque, bien pensado, no me importaría volver a Veenhuizen, y en concreto a De Pastorie, la casa de 1908 en la que he estado viviendo. Era agradable escribir allí: las horas eran limpias y el silencio de misa. Intuyo que esta Residencia de Escritores, hábilmente comandada por Mariët de Meester, está destinada al éxito. 
Cierto que lo de tener la prisión a un paso, y que los presos limpien tu jardín, puede ser en principio algo negativo, pero hasta lo hecho de menos. Me gustaba, en mis vagabundeos en bicicleta, encontrarme de vez en cuando con las rejas que separaban un mundo aparte. Aunque, si he de ser sincero (y no veo porque no debería serlo), diré que prefería dirigirme a la cervecería Maalust. Una gran cerveza en un ambiente muy apropiado. Con los Dalton en la esquina señalando el camino de la fuga...

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