miércoles, 18 de marzo de 2015

El blanco deslumbrante de los icebergs

Y después del movido paso del Drake, después de las altas olas y los fuertes vientos, de repente vuelve la calma y aparecen los primeros icebergs, majestuosos en medio del mar. A menudo se asocia a los icebergs con desgracias, probablemente por el accidente del Titanic, pero aquí, en la Antártida, contagian una agradable sensación de paz y serenidad. Los pasajeros acuden a cubierta para fotografiarlos como si asistieran a un ritual religioso.
A medida que avanza la travesía aprendes a clasificar los distintos tipos de icebergs: los inmensos que semejan castillos, los catedralicios, los pequeños de formas redondeadas, modelados por el mar y el viento, los planos, los verticales, los inclinados, los blancos, los azulados, los turquesas… En los planos descansan los pingüinos, unos animales muy graciosos, patosos en tierra y ágiles en el agua. ¡Los pingüinos, qué gran espectáculo! 
Poco después se divisa la línea blanca de la costa, del continente helado. Luce el sol y deslumbra el blanco del hielo omnipresente. El paisaje empieza a adquirir una dimensión trágica, desolada, única. Desde este momento ya puedo decir que el viaje a la Antártida merece la pena: la dimensión del paisaje no desmerece lo soñado.

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