viernes, 13 de marzo de 2015

El temible pasaje de Drake



Los viejos marineros suelen evocar con la mirada perdida este mítico pasaje en el que confluyen los océanos Atlántico y Pacífico, una amplia franja de mar que separa la punta sur del continente americano de la Antártida. Son aguas revueltas, con fuertes vientos y grandes corrientes, que toman el nombre del pirata inglés Francis Drake, que pasó por aquí en 1578. En los mapas antiguos suele estar lleno de señales que apuntan los nombres de los numerosos barcos que aquí se hundieron. Esperanzas truncadas, vidas rotas.
La noche en el Drake, a bordo del Fram, es movida. Vientos de fuerza 8 y olas de hasta nueve metros de altura. Un vaivén constante, pasajeros mareados y el comedor vacío. Las puertas que dan a cubierta permanecen cerradas. No es prudente salir. Me tumbo en la litera, pero a medianoche una ola más fuerte que las otras me envía al suelo. Es como si me dijera: "¡Bienvenido al Drake!".
Son dos días hasta llegar a las aguas tranquilas de la Antártida, dos días inciertos que ejercen de ineludible ritual de paso. Cuando doblaban el cabo de Hornos, los viejos marineros se ponían un aro en la oreja para distinguirse; los turistas nos conformamos con sacar fotos. Cuando alcanzamos a ver los primeros icebergs sabemos que lo peor ha terminado. A partir de ahora, empiezan las maravillas del continente más extremo: la Antártida.

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