viernes, 2 de marzo de 2012

Final en Christchurch



Mi viaje a Nueva Zelanda termina en Christchurch, la ciudad afectada por un fuerte terremoto en febrero de 2011. Esperaba ver algunas casas destruidas por el seísmo, pero no todo el centro histórico. Los numerosos carteles de “Danger” y “Road close” advierten que lo que era el corazón de la ciudad sigue siendo un lugar peligroso un año después, mientras prosiguen los lentos trabajos de reconstrucción.


La catedral de Christchurch, muy tocada por el seísmo, sigue en pie como símbolo de una tragedia en la que murieron 185 personas, y en la que otras muchas perdieron casas y negocios. En Cashel Street se ha abierto, para mantener viva la esperanza, una especie de centro alternativo, con comercios instalados en contenedores pintados de colores. Es una solución provisional, con toques de diseño, que busca fomentar el optimismo, pero ya no circulan los tranvías y por todas partes hay flores en homenaje a las víctimas.



Me comenta un amigo kiwi que muchos ciudadanos de Christchurch han optado por emigrar a Australia o a América. El terremoto les dejó sin futuro. Otros siguen pagando hipotecas de casas que ya no existen. Pero, a pesar de todo, no pierden la esperanza. Toda una lección en mi último día en Nueva Zelanda. Acostumbrados a convivir con una naturaleza prodigiosa que a veces puede mostrarse hostil, los kiwis no se rinden fácilmente.

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