lunes, 26 de marzo de 2012

Uzbekistán (5): Oxus, el río que cruzó Alejandro Magno


De Khiva a Bukhara hay 480 kilómetros. Por autopista podrían hacerse en unas cinco horas, pero el problema es que la autopista no estará lista hasta el 2014. Mientras, el recorrido se hace por la vieja carretera, llena de baches y desvíos, con tramos destrozados por el paso de camiones y maquinaria pesada. Resultado: el trayecto se hace en once horas, yendo bien.
        A la salida de Khiva vemos campos de algodón, el oro blanco de Uzbekistán, y furgonetas de fabricación coreana que se utilizan para el transporte colectivo. Y gente aterida de frío que las espera. Estamos a tres bajo cero y la nieve cubre el paisaje.
        A partir del río Amu Daryá todo cambia. En primer lugar porque llegamos a un río histórico, el Oxus de los antiguos griegos, considerado durante siglos la frontera entre Persia y las tierras incógnitas de Asia Central. Lo cruzó Alejandro Magno en el 326 a. C. y sus caprichosos cambios de recorrido han provocado grandes inundaciones e incluso la desaparición de ciudades.
        Pasado el río, la carretera empeora y empieza el gran desierto. Ya no hay pueblos y, por si fuera poco, la nieve y el barro hacen que todo sea aún más complicado. Mis compañeros de viaje lanzan maldiciones en ruso y en ucraniano, pero no tenemos más remedio que avanzar a paso de tortuga por la vieja carretera, con paciencia y con el asfalto desaparecido en combate.


            El desierto que atravesamos es el Kyzyl Kum (Arena Roja). El otro gran desierto de Asia Central es el Kara Kum (Arena Negra). Emociona pensar que por aquí pasaban hace siglos las largas caravanas de la Ruta de la Seda, cargadas de sedas, tesoros y leyendas... Y emocionaría aún más si no fuera por los demasiados baches de la vieja castigada carretera.
            De vez en cuando un control militar nos detiene, pero cuando ven que somos extranjeros nos invitan a seguir. En las gasolineras hay largas colas. Uzbekistán tiene mucho gas y petróleo pero, según me dicen, los dirigentes obtienen más beneficio vendiéndolo a China.
Paramos a comer en una especie de barracón militar, agrupados en torno a una estufa. La nieve, en el exterior, está salpicada de botellas de cerveza y de vodka. Vacías, por supuesto. Cuando regresamos a la carretera, un pinchazo nos regala la oportunidad de sentir la soledad, el silencio y el frío del desierto.


        Cuando falta una hora para llegar a Bukhara, reaparecen los campos cultivados y los árboles. Termina el desierto, se acerca la tierra prometida, pero aún queda un último obstáculo. Policías ariscos cortan la entrada principal a la ciudad sin ofrecer alternativas. “Lo hacen cuando hay políticos importantes”, comenta Mashenka, resignada. “Nunca dan explicaciones”.
            El minibús se desvía por callejones sin asfaltar y extensos barrios de casas bajas para poder llegar al Grand Hotel Bukhara, un hotel de nombre excesivo situado en una desangelada plaza de estilo soviético. Es de noche, estoy muy cansado y el frío arrecia, pero sonrío cuando veo desde mi ventana, en el horizonte, las cúpulas de la ciudad santa de Bukhara.

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