martes, 20 de marzo de 2012

Uzbekistan (3): Vuelo a Urgench


Hoy toca volar a Urgench. Me levantó a las 4.30 y me dirijo como un zombie al aeropuerto, donde no me esperan buenas noticias: cuando voy a facturar, un funcionario arisco me informa de que mi nombre no está en la lista de pasajeros. Le digo que he hecho la reserva desde Barcelona y que por favor lo consulte de nuevo, pero no hay nada que hacer. Recurro a su superior y también me ningunea.
         Por suerte, desde hoy no viajo solo. La agencia uzbeka que me invita a conocer el país ha montado un curioso grupo multinacional con tres rusos, tres ucranianas, dos holandeses y un inglés. Gracias a Tatiana, una de las rusas, logro entender que la única solución que me queda es comprar un nuevo billete.
        En las oficinas de Uzbekistán Airways veo en la ventanilla una pegatina de Visa. “Vamos bien”, pienso. “Podré pagar con tarjeta”. La funcionaria emite el billete a Urgench y cuando le paso la Visa, me la devuelve con cara de asco. Señalo la pegatina, desconcertado. “No valdrá hasta dentro de unos meses”, contesta ella, impertérrita. Resignado, saco un puñado de soms, pero tampoco acepta moneda nacional. Recurro entonces a los euros y la mujer me aclara: “Only dollars”. Me parece ver una sonrisa maligna mientras me lo dice, como si su función consistiera en poner trabas a los incautos extranjeros.
        No llevo dólares, pero, por suerte, el inglés del grupo, Nick, me adelanta el dinero justo a tiempo para que pueda volar a Urgench. “Mira que viajar con euros”, me riñe con una sonrisa. “No sabes que desde la crisis griega nadie los quiere”.
        En fin, que no ha sido un buen inicio de viaje, pero por lo menos he encontrado nuevos amigos que me han ayudado a solucionar el problema, aunque a la llegada a Urgench nos espera un paisaje nevado y una temperatura bajo cero. Brrrr! 


          Recogemos el equipaje en una terminal soviética, salimos al exterior y, segunda sorpresa del día: no está el minibús que debía recogernos. Tatiana llama al número de contacto, sin respuesta. Prueba el de emergencia, tampoco contestan.
         Se marchan todos los pasajeros del vuelo excepto nosotros, que nos quedamos resistiendo en medio del frío… hasta que al cabo de media hora aparece un minibús rebozado en barro. Lo recibimos alborozados mientras la guía, Mashenka, se excusa por el retraso (“La carretera está fatal por la nevada”) y anuncia que ahora mismo salimos en dirección a la ciudad histórica de Khiva, nuestro destino.
        Por el camino descubro, al principio con horror, que la lengua del grupo es el ruso. Teniendo en cuenta que no lo hablo, pienso que es un serio contratiempo, pero cuando una amable ucraniana me pasa una botella de vodka descubro que no es tan difícil como parece. “Dobro pazhalavat!”, me dice Iuri (o sea, “Bienvenido”).

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