viernes, 7 de noviembre de 2014

Desde las terrazas de arroz de Yuanyang



En los viajes largos se producen a veces momentos de epifanía. Son instantes de iluminación en los que descubres que el mundo es mucho más bello de lo que recordabas. Tras un largo viaje que me lleva a la ciudad china de Kunming, en la lejana provincia de Yunnan, y unas cuantas horas de carretera, contemplo extasiado las terrazas de arroz, inundadas de agua, de las montañas de Yuanyang. Todo está en su sitio: se diría que las montañas están hechas de agua, que han sido domesticadas, y que las curvas de las terrazas encajan con las curvas de nivel para levantar una gran maqueta de corcho en la que nada está fuera de lugar.
Los reflejos del agua se acentúan al amanecer, cuando el primer sol arranca destellos y colores insospechados. Estoy en el pueblo de Duoyishu, en la guesthouse de Jacky, desde cuya terraza se disfrutan unas vistas que parecen de otro mundo. El preciso dibujo de las terrazas, los tallos de arroz, el espejo del agua. Todo parece sumar para revestir el paisaje de una belleza sublime. 
A no mucha distancia se encuentra la frontera de Vietnam, con las terrazas de arroz de Sapa. Las admiré hace unos años hasta llegar a la emoción. Ahora, en Yuanyang, tengo la sensación de que este nuevo viaje enlaza con el viaje a Vietnam del pasado y, de hecho, con todos los viajes en los que he sentido que estalla la gran belleza del mundo.


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