viernes, 6 de abril de 2012

Uzbekistán (9): En las montañas de Langar


Tres águilas sobrevuelan el pueblo cuando llego a Langar. Estamos en el corazón de las montañas, a 1.400 metros de altura, y lo primero que me llama la atención es un cementerio tan grande en un pueblo tan pequeño. Lo segundo es que, entre los enterrados, haya varios centenarios, lo que confirma la longevidad de las gentes de aquellas montañas. 


         Langar es un pueblo extraño, con casas camufladas en la montaña y una hermosa mezquita del siglo XV, un tanto degradada, que rinde homenaje, según me cuentan, a un santón que se retiró a estas montañas hace quinientos años, siguiendo el rastro de un camello blanco que se le había aparecido en sueños. 


          Los niños que salen a recibirnos nos saludan en francés. Cuando pregunto a qué se debe, me dicen que en el pueblo hay un profesor de francés, Ozod. Me llevan a su casa. Es un tipo encantador que habla un francés aprendido hace treinta años en Tashkent. “Lo estudié porque me gusta la cultura francesa”, me dice con orgullo. “Pero en Uzbekistán hay poca gente que lo hable. La gente prefiere el ruso o el inglés, pero a los niños de este pueblo les enseño francés”.
           Ozod tiene 53 años y hace tres días que nació su primer nieto. El hombre está feliz. Comemos en su casa, sentados en el suelo, y a los postres saca unas botellas de vodka para celebrar que ya es abuelo. Brindamos por su nieto, por su familia y por el futuro.


Cuando nos vamos, me abraza y me dice: “Pareces un cosaco con este bigote. Si hubieras llegado al pueblo montado a caballo, blandiendo una espada por encima de tu cabeza, todo el mundo hubiera pensado que eres un cosaco. Vuelve cuando quieras. Tu casa es mi casa”.
A la salida de Langar, los niños siguen un centenar de metros al minibús gritando “au revoire”. Ozod sonríe satisfecho. Gracias a él, los niños de este lugar remoto hablan francés.

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