domingo, 17 de marzo de 2013

La tradición siempre asoma en Japón

Una de las cosas que más me gusta de Japón es cómo siempre se las arregla la tradición para sacar la cabeza. Incluso en Tokio, una ciudad cosmopolita y avanzada que parece que tenga prisa por llegar al siglo XXII, la tradición está allí. Salgo de los barrios de Omotesando, Harajuku y Shibuya, deslumbrado por los grandes neones, las tiendas hipermodernas y una juventud que parece aspirar a vivir en el futuro, y me doy de bruces con el agradable santuario de Meiji. Allí, en un bello entorno boscoso de 700.000 metros cuadrados, el azar me regala poder ver el cortejo de una boda en el templo sintoísta.
La ceremonia es sencilla, pero atractiva. La dignidad de los sacerdotes sintoístas al frente, la sombrilla roja que protege del sol a la novia vestida de blanco, los kimonos de suaves colores de las invitadas más jóvenes. Todo discurre como si estuviéramos en el pasado, como una película antigua que irrumpe de lleno en el territorio de la modernidad. Podría ser una rara excepción, pero no, son cosas que pasan en el día a día de Tokio. Unas horas después, en el templo de Nezu, al otro lado de la ciudad, asisto a un bautismo sintoísta.
La mujer vestida con el kimono tradicional, la sonrisa desbocada del padre, la alegría de los niños... Todo parece fundirse con ese Japón de la modernidad que acecha en cada esquina. Todo nos habla de un Japón en el que, a pesar del acelerado paso del tiempo, la tradición sigue siendo un valor en alza.


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