martes, 15 de octubre de 2013

Esos valles eternos en los que el tiempo se diluye



En Mongolia siempre hay un más allá. Te adentras en un valle que se te antoja infinito y cuando por fin llegas a lo que piensas que es el final te das cuenta de que es sólo un recodo: el valle no acaba, si no que continúa. Un río caudaloso marca el eje de un paisaje majestuoso, en Cinemascope, en el que los pastos se suceden hasta el infinito. De vez en cuando, un par de tiendas nómadas y una manada de caballos te transportan a un pasado que, paradójicamente, es hoy mismo. 
Las distancias son enormes en Mongolia, un país casi vacío en el que los nómadas campan a sus anchas. De vez en cuando aparece un jinete que lanza un grito poderoso y cabalga hacia la manada. Parece una escena sacada del Far West, pero es real. Como lo es que un ancho río se cruce en tu camino y no tengas más remedio que cruzarlo con el 4x4, tal como sucede en el valle de Orkhon, una maravilla que no necesita la etiqueta de Patrimonio de la Humanidad para que sepamos que es único, grandioso, de otro mundo.
Cuando cae el día, la luz del crepúsculo resalta todavía más la belleza del paisaje, hasta que las montañas se convierten en grandes sombras inquietantes y el río en una cinta plateada. De repente, una manada de caballos cruza el río para ir a la otra orilla. Es entonces cuando te das cuenta de que el tiempo parece haberse diluido para inmortalizar unas escenas en las que la naturaleza siempre tiene todas las de ganar.

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