lunes, 7 de octubre de 2013

Una estepa hipnotizante que no parece tener fin



¿Dónde empieza la estepa en Mongolia? No hay que esperar mucho para verla. Apenas dejas atrás las últimas casas de la caótica Ulan Bator, el paisaje se desnuda de atributos y te sumerges en un llano infinito, sin árboles, sin casas, poblado sólo por tiendas nómadas aisladas, los llamados gers, y grandes rebaños de caballos y ovejas. Al fondo, las montañas nevadas marcan el límite del territorio habitable.
Es la estepa, una tierra remota y desolada que invita a la introspección. El coche avanza en medio de una monotonía hipnotizante en la que destaca de vez en cuando un ovoo, un monumento hecho con piedras que los mongoles decoran con kadags, una tela de color azul que ondea para calmar a los espíritus de la tierra.
En el período comunista, los ovoos estaban prohibidos. Ahora se les venera. Cuando llegas a uno, hay que rodearlo en el sentido de las agujas del reloj, y se aconseja dar tres vueltas para calmar a los espíritus. No está de más añadir alguna piedra al monumento. Todo suma en el dominio de la soledad.
Empieza a nevar tras la parada en el ovoo. Se acerca el duro invierno mongol, en el que las temperaturas se desploman hasta 40 bajo cero. Hace frío y el camino es largo, pero la carretera que se adentra en la desolación te invita a continuar. Del millón y medio de quilómetros cuadrados de Mongolia (tres veces la superficie de España), la mayor parte es estepa y desierto. Avanzamos, en dirección oeste hacia el corazón de la estepa, hacia un mundo maravilloso punteado por los gers de los nómadas.

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