miércoles, 15 de febrero de 2012

La Puerta del Infierno


La naturaleza, en Nueva Zelanda, parece que juegue en otra división. Aquí es todo más grande, más bonito y más verde. Lo he podido comprobar en el viaje en coche desde Auckland hasta Rotorua. Un paisaje ondulado, muy verde, con grandes rebaños de vacas, granjas de madera que parecen escapadas del Oeste, árboles gigantes que lo presiden todo y, de vez en cuando, un bosque sagrado de los maorís, con helgueras que juegan a ser árboles.

Todo es precioso, pero de lo visto hasta ahora en la Isla del Norte, una de las cosas que destaco es un lugar llamado Hell’s Gate, la Puerta del Infierno. Se encuentra a unos veinte kilómetros de Rorotua, un pueblo situado junto a un gran lago con mucha actividad volcánica. Las calles de Rotorua huelen azufre y en el parque de la ciudad encuentras fuentes sulfurosas, pequeños géisers y volcanes de barro. Además de árboles XXXL, una constante en Nueva Zelanda. Muy cerca está Te Puia, una zona de actividad volcánica convertida en parque temático, con espectáculos maorís, cenas maorís y visitas guiadas a precios nada maorís. Francamente, prefiero Hell’s Gate, por donde puedes ir a tu aire, con poca gente y sin tanta parafernalia.

Antes de pagar los 35 dolares neozelandeses que cuesta la entrada a Hell’s Gate (unos 25 euros), es fácil adivinar donde es. El humo de las fumarolas lo delata. Aparece en medio del bosque como un aviso ancestral de actividad geotérmica. Yo tuve la suerte de llegar muy tarde, cuando ya faltaba poco para que cerraran. Me dieron una hora para hacer el recorrido, casi en solitario, y confieso que lo disfruté a fondo, como si estuviera haciendo una inmersión en un mundo aparte, en otra dimensión.


Los nombres de los distintos lagos, albercas y hoyos de barro ya impresiona de entrada, empezando por la Puerta del Infierno (nombre que se debe al padrino Georges Bernard Shaw) y continuando por el Baño del Demonio, Inferno, Sodoma y Gomorra, la Garganta del Diablo, la Caldera del Diablo, etc. El conjunto es una zona de aguas sulfurosas que llegan a estar a más de 100 gradoss, con géisers abortados, tierras de colores y barro que hierve. Lo que más me gustó fue el bosque que hay entre las dos zonas volcáncias. Unos árboles inmensos, con los troncos recubiertos de líquenes amarillentos y, de vez en cuando, un estallido de flores azules que parecen salidas de la película Avatar. Y, en medio de todo, un río de agua caliente que se desploma en un salto de agua. Impresionante.


 No muy lejos de Rorotua, por cierto, está Tongariro, el parque natural que fue escenario de la tierra de Mordor en El Señor de los Anillos. Es otro lugar que vale la pena, otro 10. Y es que Nueva Zelanda da para mucho, tanto a nivel cinematográfico como de naturaleza a lo grande.

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