martes, 20 de mayo de 2014

Las Feroe, unas islas maravillosas perdidas en el mapa


Desde el aire, cuando el avión inicia el descenso sobre la isla de Vagar, las islas Feroe se muestran como un conjunto de rocas enormes lanzadas al mar, lejos de todo, perdidas en el mapa. Verdes, sin árboles, con mucho agua y con montañas abruptas que se dirían surgidas de un sueño. En el aeropuerto, de reducidas dimensiones, como casi todo en estas islas de en las que sólo viven unos 50.000 habitantes, nos espera Sigurdur, un muchacho animoso que nos propone, aprovechando que luce el sol, hacer un trekking por la isla. Primera lección: la naturaleza, en las Feroe, siempre se encuentra a la vuelta de la esquina.
Subimos al coche y entramos en el fiordo de Sorvagur, envueltos en un paisaje onírico, con cientos de corderos paciendo en libertad y casas de colores con el tejado cubierto de hierba. Nos detenemos a la entrada del túnel de Gasaldur y, guiados por Sigurdur, subimos por el Camino del Cartero. “Antes de la construcción del túnel, en 2006, el cartero hacía esta ruta tres días a la semana”, cuenta el guía. “Con el túnel, todo ha cambiado”.
            La pendiente, tapizada de verde, es pronunciada y resbaladiza, pero sabemos que el esfuerzo de subir ha merecido la pena cuando vemos desde lo alto la majestad del fiordo, los montes que lo abrigan y las islas abruptas que lo cierran. Una maravilla que vale el viajee, como muestra la foto que me hace David Monfil.
Al otro lado de la montaña, tras dos horas de marcha, aparece el valle de Gasaldur, con un verde resplandeciente, una pequeña aldea y una cascada que se desploma en el mar… Es como una escena sacada de El Señor de los Anillos. Sólo falta Frodo.
Regresamos a pie por el túnel para no alargar el primer día. La oscuridad que nos envuelve contrasta con el estallido de luz que nos recibe al otro lado. Es tarde, pasadas las ocho, pero en esta época del año el sol no tiene prisa por ocultarse. Es otro detalle que contribuye a hacer de las Feroe un lugar único en el mundo.

viernes, 16 de mayo de 2014

De Noruega a las Feroe, pasando por Tailandia



A veces los viajes se suceden sin que te de tiempo a descansar. Domingo vuelo a las islas Feroe, después de pasar unos días felices en Camboya y Tailandia (dejo para más adelante las entradas correspondientes a ambos países). Las Feroe siempre me han intrigado, quizás porque son uno de los pocos lugares de cultura nórdica que no conozco. Dicen que el feroés es parecido al islandés y que las 18 islas del archipiélago tienen paisajes maravillosos y gente encantadora. Espero que se confirme. Cuentan con 50.000 habitantes y en la capital, Tórshavn, viven unos 20.000.
Como buena aproximación a las Feroe, consulto El Cuaderno del Feroés, blog dedicado a la difusión de la cultura nórdica que firma Mariano González Campo (Murcia, 1968), un sabio nórdico que estudió en Islandia y en las Feroe y que ha traducido La saga de los feroeses. Leyéndole, da la impresión de que las Feroe están más cerca. 

Las islas Feroe pertenecen a Dinamarca, pero gozan de amplia autonomía. Su bandera no suele prodigarse demasiado, aunque la selección de fútbol las islas participa en torneos internacionales desde 1988. A España no han podido ganarla, pero los feroeses recuerdan con orgullo que en 1990 vencieron a Austria y, más recientemente, en 2009, a Lituania. Toda una hazaña para un país tan pequeño.

jueves, 1 de mayo de 2014

Stavanger: de las sardinas al petróleo

Stavanger es una ciudad de la costa noruega en la que viven unos 120.000 habitantes. Muchos viven del petróleo, el oro negro que hace que Noruega sea uno de los países más ricos del mundo. El nivel de vida es alto, como puede verse en los animados restaurantes y bares de la zona del puerto. A primera hora de la mañana, sin embargo, la ciudad recupera el aspecto apacible de una vieja ciudad marinera que vivía hace años de las conservas de sardina. 
El tiempo pasa y lo que ahora manda en Stavanger es el petróleo, como prueba el moderno Museo del Petróleo que hay en la ciudad. El antiguo Museo de Conservas sirve tan solo para recordar un pasado que no volverá. Las calles del barrio antiguo que lo acoge, sin embargo, ilustran la calma de los viejos días.
Pasar unos días en Stavanger resulta agradable, en especial si es para hacer excursiones a los espectaculares fiordos, como el de Lyse, donde se encuentra la roca del Púlpito, o a las tranquilas y bellas islas del archipiélago que hay justo enfrente. Si además luce el sol, Noruega se convierte en un lugar maravilloso.

miércoles, 30 de abril de 2014

El Púlpito de los fiordos noruegos

Preikestolen, El Púlpito, es una de esas maravillas de la naturaleza que merece la pena visitar por lo menos una vez en la vida. Es la naturaleza en gran formato: una gran roca situada a 604 metros de altura, casi sobrevolando un precioso fiordo noruego, que atrae a unos cien mil visitantes al año. Su espectacular imagen no admite discusión.
Llegar al Púlpito requiere esfuerzo. Son unas dos horas de excursión, por un sendero en cuesta con piedras inestables y a veces con barro. Es bueno que sea así. De otro modo, en el supuesto caso de que un teleférico acortara el viaje, los visitantes serían millones y probablemente no se apreciaría tanto la belleza del lugar. El esfuerzo que haces por llegar contribuye en buena medida a valorar el Púlpito.
El descenso se hace largo, pero regreso a Stavanger con la sensación de que acabo de pisar uno de los lugares más impresionantes de la Tierra.
 


martes, 22 de abril de 2014

El "mar amarillo" del Pla de Martís

Y, de repente, entre viaje y viaje a lugares lejanos, vuelven los paseos apacibles cerca de casa. Son por lo general caminatas sin destino fijo, y sin límite de tiempo, que me permiten descubrir que también aquí tenemos rincones maravillosos. Cerca de Banyoles, por ejemplo, ha estallado una primavera de lujo que ha convertido el Pla de Martís en un encantador mar amarillo.
Este año se llevan los cultivos de colza. Ignoro por qué, pero debe de ser porque hay de por medio alguna subvención europea. Otros años lo que se lleva son los girasoles, esas flores grandotas que se mueven al ritmo que dicta la luz del sol. Sea como sea, esta primavera el amarillo lo inunda todo, y hasta parece envolver algunas ermitas aisladas, como la de Centenys.
Y así, sin prisas, van pasando los días, mientras la agenda marca que mi próximo destino serán los fiordos de Noruega, tan distintos de estos mares amarillos, pero también tan bellos. La gran naturaleza nórdica me aguarda.

viernes, 11 de abril de 2014

Adiós desde el Nido del Tigre


No hay mejor modo de decir adiós a Bután que subiendo al santuario del Nido del Tigre, Taktshang Goemba. Desde la base, cerca de la ciudad de Paro, es una excursión relativamente corta (entre dos y tres horas), pero el camino es empinado y los más de 3.000 metros de altura aconsejan hacer un alto de vez en cuando. El lugar es impresionante. Visto desde el valle, colgado de las rocas, tiene la apariencia de un lugar soñado. 
El paisaje, cubierto de una fina capa de nieve, va ganando a medida que ascendemos. “Los santuarios budistas suelen estar en lugares de difícil acceso”, me cuenta alguien. “De este modo, llegar allí se convierte en un ritual iniciático. Cuanto más sufres, más te purificas”. Al final, cuando por fin llegas al santuario, las banderolas budistas lo envuelven de colores para darte la bienvenida.
El templo del Nido del Tigre data del siglo XVII y dicen que lo fundó un lama que llegó desde el Tibet cabalgando a lomos de un tigre volador. Un incendio lo destruyó en 1998, pero volvieron a construirlo y vuelve a ser el lugar de meditación que ha sido siempre, un santuario mágico al que siempre merece la pena volver. “Tienes que subir tres veces si quieres tener larga vida”, me dice una mujer cuando ya estoy de nuevo en el valle. Suspiro y pienso que quizás sí, quizás sí que algún día regresaré a este lugar mágico.

sábado, 5 de abril de 2014

Días tranquilos en Paro



Lo más famoso de la apacible ciudad de Paro es probablemente el aeropuerto, ya que por él entran y salen los miles de turistas que llegan cada año a este país del Himalaya obsesionados con la felicidad. Pero Paro es mucho más. Es, por ejemplo, su calle principal, con casas bajas de arquitectura tradicional, o es el majestuoso dzong (mitad monasterio, mitad centro de gobierno) que la preside. Data del siglo XV y el río que fluye enfrente y las montañas nevadas del fondo le otorgan un aire majestuoso.
Bernardo Bertolucci filmó en este dzong una parte de su película El pequeño Buda. No es extraño que eligiera este lugar, ya que apenas cruzas el umbral del monasterio te sientes transportado a tiempos medievales y sientes que te envuelve una sensación de paz. 
Llueve cuando visito el dzong, pero incluso bajo la lluvia siento la fuerza que desprende el monasterio. Para redondear la felicidad, un monje me vende un amuleto que, según dice, me permitirá salvar ochenta mil obstáculos. Tropiezo en un escalón al salir del dzong, pero sonrío y pienso que no pasa nada: todavía puedo superar 79.999 obstáculos. Así es más fácil ser feliz.