viernes, 19 de octubre de 2012

La copra de los Mares del Sur

La copra, la dichosa copra. Me había encontrado con esa palabra en novelas ambientadas en los Mares del Sur. Incluso la había visto en películas filmadas en espectacular Cinemascope que exhibían la belleza de aquellas islas a las que tanto deseaba viajar. Allí se hablaba del gran negocio de la copra. Pero, claro, para un mediterráneo como yo la copra era algo totalmente ajeno. Hasta que llegue a los Mares del Sur y vi las grandes plantaciones de cocoteros que ayudan a revestir aquellas islas con un manto de paraíso. Me pasó en la bella Nuku Hiva, por ejemplo, en las Islas Marquesas, donde saqué esta foto.

Me cautivaron aquellos paisajes tapizados de verde, aquella sensación de lugar único. De paraíso, ¿por qué no decirlo? En Nuku Hiva me encontré muy a gusto, tanto por los maravillosos paisajes como por la simpatía de sus gentes. Y fue allí donde, por fin, entré en contacto con la copra y con la gente que vive de ella. Allí aprendí que la copra es la pulpa seca del coco y que se obtiene rompiendo el coco, despedazando la pulpa y poníendola a secar en la misma plantación.

A partir de la copra, rayándola e hirviéndola en agua, se obtiene el aceite de coco, que en el siglo XIX, en tiempos de aventureros, se cotizaba muchísimo en los Mares del Sur. Se sigue cotizando, pero ahora el aceite se suele obtener en grandes factorías. En Nuku Hiva, sin embargo, aún quedan granjeros que obtienen la copra poniendo a secar la pulpa al sol. Así reviven el espíritu de los viejos tiempos, de las novelas y de las películas de antes.

jueves, 11 de octubre de 2012

La "insoportable" belleza de las islas Marquesas


Fatu Hiva, la más lejana de las islas Marquesas, tiene una belleza insuperable que se aprecia sobre todo en la bahía Des Verges (de las Vergas), a la que un misionero pacato le añadió una letra para dejarlo en Des Vierges (de las Vírgenes). Aunque, como puede verse en la foto, lo que sugieren las rocas inhiestas son claramente vergas.

En Fatu Hiva la naturaleza tropical, muy generosa en sus frutos, desborda, aunque puede llegar a agobiar. Que se lo digan si no al aventurero noruego Thor Heyerdhal (1914-2002), que residió año y medio en la isla, entre 1937 y 1938, con la intención de “regresar a la naturaleza”. En la isla, sin embargo, no guardan buen recuerdo de él. De su experiencia sacó un libro, titulado Fatu Hiva. Back to Nature, en el que mostraba sus credenciales para ser el primer hippy de la historia.
Los mosquitos y las enfermedades tropicales acabaron con el idilio de Heyerdhal con la isla, mientras los nativos recelaban de él porque se dedicaba a hurgar en las tumbas de sus antepasados para probar que venían de la isla de Pascua. Tanto se tensaron las relaciones que al final el noruego tuvo que marcharse de la aldea para ir a vivir a una cueva en la montaña, mientras suspiraba por el día en que volvería a la civilización que tanto había denostado. Conclusión: a veces hasta el paraíso puede llegar a cansar.

lunes, 8 de octubre de 2012

La tumba de Paul Gauguin en Hiva Oa



Ahora que el Paul Gauguin de Tahití protagoniza una exposición estelar en el Museu Thyssen de Madrid me acuerdo de cuando, no hace tantos años, visité su tumba en Hiva Oa, en las islas Marquesas. Me sorprendió ver cómo la cuidan los marqueses (¿se llaman así los nativos de las Marquesas?) y hasta qué punto recuerdan las peripecias de este pintor que murió en 1903, hace ya más de cien años. Es lo que tiene convertirse en leyenda.
Gauguin fue un entusiasta de los Mares del Sur, como lo fueron los primeros exploradores que avistaron esas islas paradisíacas y escritores de la talla de Herman Melville y Robert Louis Stevenson. Algo tendrá la Polinesia que despierta las ganas de no volver a casa. A mi, modestamente, también me dio este ataque, concretamente en las islas Marquesas, que no son tan de postal como Bora Bora pero tienen unos rincones de ensueño y están pobladas por una gente encantadora que no se ha rendido a las trampas del turismo de masas.
Tengo ganas de regresar a los Mares del Sur, lo reconozco; tengo ganas de volver a ver aquellos paisajes idílicos y de volver a reírme con sus gentes. Con Tania, por ejemplo, un torbellino que se desvivía para que los visitantes se encontraron a gusto en su encantadora pensión Kanahau, en Atuona. Gracias por todo, Tania, y recuerdos a Hiva Oa.


viernes, 5 de octubre de 2012

Adiós a Noruega desde el faro de Alnes



Los faros siempre tienen un atractivo especial, sobre todo cuando la tormenta enfurece las aguas y, como decía el gran poeta Ausiàs Marc, parece que el mar hierva, “mudant color e l’estat natural”. Incluso hoy, cuando la figura romántica del farero ha cedido el paso al frío piloto automático, los faros siguen simbolizando la luz que te guía en medio de la oscuridad y la confusión. En este sentido, el faro de Alnes, en el sur de Noruega, es un buen lugar para despedirme de Noruega.
La parte más antigua del faro de Alnes data de 1876, aunque una reforma de 1936 le dio su aspecto actual. En cualquier caso, en esta costa abrupta y resquebrajada, azotada por el viento y las olas, el faro de Alnes tiene la virtud de acogerte con cariño, sobre todo cuando las dos mujeres que lo llevan, Ida y Anja, te ofrecen su excelente sopa de pescado y un pastel que desprende calidez casera.
Cuenta Ida que cuando hay tormenta le gusta subir al faro. “Es increíble sentir el viento en la casa y ver cómo se encrespa el mar”, dice ilusionada. “Esta cosa tiene algo especial”. Y mientras las nubes atraviesan el cielo en modo acelerado, dando lugar a constantes cambios de luz, le doy la razón. Esta costa tiene algo muy especial, sobre todo cuando la miras desde el faro. La voy a echar de menos, y también a los elfos y a los espíritus que seguro que siguen campando por los fiordos noruegos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Las 8 diferencias entre Alesund y Ny Alesund



Es curioso: estuve antes en Ny Alesund (o sea, Nuevo Alesund) que en Alesund, pero supongo que no pasa nada: hay mucha gente que va a Nueva York sin haber estado en York. El caso es que Ny Alesund, donde estuve hace unos años, es el pueblo habitado más al norte del mundo, a unos 1.200 kilómetros del Polo Norte, en las islas Svalbard, mientras que Alesund es una de las ciudades más hermosas de Noruega.
El principal encanto de Alesund son sus bellos edificios Jugenstil, o sea Art Nouveau, o sea modernistas. Pero resulta que si la ciudad no hubiera sufrido un pavoroso incendio en 1904, no habría nada de eso. La tuvieron que reconstruir de nuevo, y al arquitecto encargado le gustaba el modernismo. En fin, que se comprueba una vez más que no hay mal que por bien no venga, y ahí está la bonita ciudad de Alesund.
Esta segunda foto es de Ny Alesund. Se ve un poco despoblado, pero es que Alesund tiene 40.000 habitantes y Ny Alesund sólo 120. Y es que vivir cerca del Polo Norte, donde en invierno hace un frío de bigote y el mar se congela, sólo se les ocurre a los científicos. Mis preferidos, por cierto, son los de la delegación china, que se negaron a inaugurar su chiringuito sin dos grandes leones esculpidos en piedra. Para ponerlos en la puerta, claro, como hacen en los restaurantes. La tradición ante todo. Por cierto, comparando las dos fotos, supongo que queda claro que entre ambas poblaciones hay bastante más que 8 diferencias.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Fiordos con lluvia, niebla y misterio


La lluvia y la niebla se postulan de entrada como el gran enemigo del viajero. Si la meteo anuncia lluvias, ya sabes que el día se complica. Cegado el paisaje, y complicada la posibilidad excursiones a pie (la mejor manera de conocer un país), todo parece irse al garete. En fin, un día perdido… Y, sin embargo, hay lugares a los que la lluvia y la niebla les sientan la mar de bien. Noruega, sin ir más lejos.

Navegar por un fiordo noruego, con la lluvia difuminando el paisaje y la niebla ocultándolo en parte, es en el fondo un placer. La cortina de agua, el juego de grises de la costa y la aparición de la niebla ayudan a acrecentar el misterio y a imaginar un mundo aparte en el que hasta es posible que existan trolls, elfos y otros seres ocultos.

Hace años que me gusta Noruega, pero hasta hoy no he descubierto que también me gusta bajo la lluvia y con niebla. Supongo que ayuda el hecho de que sólo cae una fina llovizna, y que hace unos minutos me ha parecido intuir la presencia de un elfo... Todavía no lo he visto, pero si continúa lloviendo no creo que tarde. O eso o agarro un buen resfriado. Pero todo tiene su premio: estoy seguro de que en cuanto ves un elfo te transformas en vikingo y estás a tan sólo un paso de que te den la nacionalidad noruega… O eso o te envían a una cura de desintoxicación.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Un hotel de 1891 (con fantasma incluido)

Apenas entro en el Hotel Union, en Øye, me doy cuenta de que el viaje por Noruega pasa a otro nivel: la dimensión desconocida, viaje en el tiempo… En fin, llamadle como queráis. Llueve y la niebla cubre la cima de la montaña, pero la puerta no chirría, como podría esperarse de un hotel de 1891 (¡hay que cuidar los detalles, hoteleros!). Desde el exterior, sin embargo, se adivina que el hotel tiene pedigrí añejo.

En el Hotel Union se han hospedado, desde su fundación, huéspedes ilustres que venían atraídos por la belleza de los fiordos, desde el Káiser Guillermo II hasta la Reina Guillermina de Holanda. Pero, realeza aparte, quienes más prestigio dan al hotel son los exploradores como Amundsen, los músicos como Grieg y los escritores como Karen Blixen o Arthur Conan Doyle. Por cierto, hablando del autor de Sherlock Holmes, dicen que hay un fantasma que merodea de noche por el hotel.

 Se diría que las habitaciones no han cambiado desde hace más de cien años. Camas con baldaquino, jofainas, cortinas de época, suelo de madera y, por supuesto, ni teléfono ni televisión. La fidelidad al siglo XIX tiene esos caprichos. Una camarera llamada Solveig fue la primera en hablarme del fantasma. Responde al nombre de Linda y, según parece, pertenece a una muchacha que trabajó años atrás en el hotel, donde se enamoró de un oficial del séquito del Káiser Guillermo II. Cegada por un amor imposible, ya que él estaba casado en Alemania y no podía obtener el divorcio, acabó lanzándose a las aguas de un río. Lo curioso de la historia es que él le había regalado un broche como prueba de amor, pero ella lo perdió al salvar una niña de morir ahogada. Lo buscó infructuosamente, pero nunca lo encontró. Sin embargo, cuando encontraron su cadáver junto al río… llevaba el broche en el pecho.
            No busquéis explicación. La lógica fantasmal discurre por otros derroteros. Volviendo al presente, diré que Linda no se manifestó aquella noche. Lástima. Bueno, por lo menos no supe verla, pero es que yo soy muy negado para esas cosas. Igual es como los elfos y los trolls, que aseguran que existen en Noruega pero no hay manera de echarles el ojo. Eso sí, al despertarme vi a un tipo que se parecía a Sherlock Holmes husmeando, lupa en mano, en la biblioteca del hotel. Cuando le pregunté qué estaba haciendo, me respondió: “Elemental, querido Watson”.