miércoles, 15 de octubre de 2014

La magia del desierto de Omán



Y de repente: Omán. Unos cuantos aviones y aeropuertos y el paisaje cambia por completo. Lo único que persiste es el desierto, aunque del Namib paso al desierto de Arabia. Había estado antes en Dubai y Qatar, pero me habían parecido países de nuevos ricos hechos para deslumbrar al visitante. Omán es otra cosa. En este sultanato, a orillas del Índico, conviven la capital, Muskat, encajonada entre el mar y las montañas, y un desierto que enamoró a Thesiger.
En el desierto todavía es posible ver la vida beduina, los camellos, el mar inacabable de dunas, la noche estrellada… Me gusta Omán y me gusta la sensación de desierto. 
La capital, Muscat, es otra cosa. El zoco, el yate del sultán dominando el puerto, el mercado del pescado, casas que recuerdan las de Zanzíbar, el calor agobiante, la dificultad de encontrar una cerveza fría... Cuando al fin dimos con un bar donde vendían alcohol, no todo fueron maravillas. El gin tónic que pedimos se transformó, a causa de la escasez, en un ron con Pepsi. No quedaba hielo. ni ginebra, ni tónica. Pero, bueno, con un poco de imaginación tenía algo de gin tónic made in Omán.

viernes, 10 de octubre de 2014

Desde un lugar llamado Solitaire



Me gusta Solitaire, un lugar perdido en el desierto del Namib en el que se amontonan viejos coches desvencijados e historias de soledad. Es, de hecho, poco más que una gasolinera, una tienda, una oficina de correos y un motel adosado. Es también un lugar de encuentro al que dan vida los granjeros de los alrededores, que acuden a Solitaire en busca de un último trago.
Dicen que le pusieron el nombre de Solitaire por la obvia soledad del lugar y por el nombre que reciben los anillos con un único diamante. A la entrada, un cartel indica “Welcome to Solitaire”, con el número de habitantes escrito con tiza: un 31 tachado, un 42 tachado y un 92 sin tachar. Me parecen muchos para tan poco lugar.
Mientras me tomo una cerveza fría en el bar, me comenta la camarera que el alma del lugar, Moose McGregor, murió el pasado mes de enero. “Hacía un pastel de manzana estupendo”, suspira. “Todavía lo vendemos en la Bakery”. Al rato llega un granjero, pide un whisky con hielo y vacía el vaso de un trago. Mientras le veo alejarse con modales de cowboy pienso que Solitaire es un buen lugar para decir adiós.
Hasta pronto, Namibia.

lunes, 6 de octubre de 2014

La duna 45 del Namib



Hay una duna en el desierto del Namib, cerca de Sesriem, que mide más de cien metros de altura y recibe el nombre de 45. Alguien podría pensar que Namibia es un país tan ordenado, tan alemán, que hasta enumeran las dunas. No, no es eso. Lo que pasa es que la duna en cuestión se encuentra en el kilómetro 45 del parque de Sossusvlei.
Resulta curioso que para acceder a la región de Sossusvlei tienes que conducir por cientos de kilómetros de pistas de grava. Y tragar mucho polvo, claro. Una vez en Sesriem, sin embargo, después de pagar la entrada al parque nacional (unos 6 euros por persona), se produce el milagro: la carretera es asfaltada y puedes circular sin polvo hasta la duna 45 o hasta el punto de partida para ir a Sossusvlei (a unos 60 kilómetros). 
Son muchos los que se animan a subir a la 45, desde hay unas vistas estupendas del mar de arena, pero merece la pena llegar hasta el final del asfalto para caminar hasta Sossusvlei, la laguna muerta que aparece entre las dunas como un paisaje apocalíptico, como un punto final.

viernes, 3 de octubre de 2014

La ciudad invadida por la arena del desierto



En Namibia, cerca de la ciudad de Lüderitz, hay una ghost town fascinante llamada Kolmanskup. Fue, hace un centenar de años, una ciudad marcada por la fiebre de los diamantes. Muchos alemanes acudieron a este lugar, junto al desierto, en busca de fortuna. Encontraron diamantes y levantaron casas de estilo alemán, un casino, una fábrica de hielo y hasta un hospital. Hoy, sin embargo, sólo queda desolación, con las casas invadidas por la arena.
La fortuna pasó de largo en Kolmanskup. Se encontraron diamantes más al sur y la gente se marchó siguiendo el rastro de la fortuna. 
La arena del desierto se adueñó de las ricas casas de Kolmanskup y le otorgó a la antaño floreciente ciudad una pátina de riqueza perdida, de ciudad fantasmal que, con el tiempo, ha alcanzado unos altos niveles de belleza.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

De "road movie" por Namibia



Namibia es el escenario ideal para una road movie. Y es que en este enorme país (825.000 kilómetros cuadrados, casi el doble que España) viven sólo dos millones de personas. Los desiertos del Kalahari y del Namib tienen la culpa del despoblamiento. No obstante, no creo que haya país africano con mejores carreteras que Namibia. Puedo comprobarlo en el viaje de más de mil kilómetros que me lleva de Etosha a Lüderitz; las rectas infinitas y una soledad atávica me acompañan, aunque nunca falta la mínima sombra de unos Picnic Places que denotan el optimismo del gobierno.
Otra distracción de la carretera la ofrece el cruce de la línea imaginaria del Trópico de Capricornio, o las señales que advierten del peligro de animales. La más habitual es la del jabalí africano, pero también se ven  las de los babuinos y ardillas o, más al norte, la de los elefantes. 
Cuando la señal advierte del peligro de elefantes advierto que todos los conductores disminuyen la velocidad. Es un acto reflejo. No suelen hacerlo con los avisos de ardillas y jabalíes, pero es comprensible: sólo imaginar un choque con un elefante saltan todas las alarmas. No sé, quizás no sería mala idea incorporarlo a las carreteras europeas…

lunes, 15 de septiembre de 2014

Al volante por el Jardín del Edén



Lo bueno del Parque Nacional de Etosha, igual que sucede en el Kruger, en Sudáfrica, es que puedes entrar al volante de tu propio coche (en mi caso un Toyota Corolla alquilado; si siquiera un 4x4) para ir a la caza y captura (fotográfica, por supuesto) de la fauna salvaje. La contemplación de elefantes, leones, jirafas, rinocerontes, guepardos, cebras, avestruces, ñus y miles de gacelas te hace sentir como si estuvieras conduciendo por el mismísimo Jardín del Edén. Ya lo decía Alberto Moravia: “África, en algunos momentos, te ofrece la posibilidad de echar un vistazo a la prehistoria”.
En el parque de Etosha, en Namibia, es una ventaja proveerse del mapa de waterholes que venden en la entrada. Sabes que es en estas grandes charcas, bien al amanecer o al atardecer, adonde acuden todo tipo de animales. La paciencia es la mejor arma. Hay que permanecer agazapado, con la cámara a punto, hasta que aparecen un elefante y un rino que se observan como si estuvieran protagonizando una película del Oeste, como si pensaran que aquí sobra uno de los dos. Hasta que los dos se dan cuenta que hay suficiente agua para todos.
 Aparte de los big five, confieso que las jirafas son los animales que me tienen robado el corazón. Disfruto contemplando su caminar elegante, viendo como doblan el largo cuello para comer las hojas de la copa de un árbol o como arman una sutil coreografía, a cámara lenta, para acercarse a la charca donde están bebiendo los elefantes. Sólo por asistir a este grandioso espectáculo merece la pena viajar a África.

jueves, 11 de septiembre de 2014

La Costa de los Esqueletos de Namibia



Cambio de continente: regreso a mi querida África. Un largo viaje en avión, con varias escalas en las que el tiempo se diluye, me deja en Windhoek, la capital de Namibia, desde donde viajo en coche hasta Swakopmund. Llego de noche, pero con la mente suficientemente abierta para ver que Namibia es un país que funciona con eficacia alemana. Es una África distinta, pero es, al fin y al cabo, África. Al día siguiente, la visión de las dunas en la carretera de Walvis Bay me lo confirma, y aún más el largo viaje hacia el norte.
 Desde que vi el nombre en el mapa tuve claro que quería ir a la Costa de los Esqueletos. El camino hacia el norte desde Swakopmund avanza hacia la desolación, con el desierto a un lado y el mar bravío al otro. Apenas si hay pueblos y me cruzo con muy pocos coches. Es un avanzar hacia lo inhóspito, hacia el no man’s land, quizás hacia la nada, pero siempre me han atraído los lugares límite.
Costa de los esqueletos... Así la llamaron los navegantes portugueses por sus corrientes traidoras, sus densas nieblas y el desierto que acogía a los náufragos. No había esperanza. Hoy todavía lo atestiguan los restos de los restos de barcos que jalonan esta costa, como el Zeila, un pesquero que embarrancó cerca de Henties Bay y que es ahora uno de los objetivos preferidos de los viajeros para ilustrar el dramatismo de esta Costa de los Esqueletos.