sábado, 7 de marzo de 2015

El faro del fin del mundo



Hay un pequeño faro pintado de blanco y rojo que ejerce desde hace años de estrella del canal del Beagle. Los barcos turísticos se acercan hasta él desde Ushuaia y contornean la pequeña isla rocosa en la que se levanta mientras los turistas lo ametrallan con sus cámaras. Es un faro famoso y fotogénico que hay quien vincula al faro del fin del mundo de la novela de Jules Verne. Por el camino pueden verse cormoranes, focas y miles de aves que revolotean con rumbo indefinido.
De hecho, el faro del fin del mundo debería de ser el del cabo de Hornos, ante el cual se juntan los océanos Pacífico y Atlántico en una clamorosa desarmonía que origina altas olas y un mar revuelto. Pero este faro queda demasiado lejos. Así, pues, los turistas le hacen la foto al faro de la isla des Éclaireurs y vuelven a casa pregonando que es nada menos que el faro del fin del mundo. 
Navegamos de noche por el canal del Beagle, entre altas montañas. Las aguas todavía están tranquilas y las nubes y el sol dan lugar a espectaculares juegos de luz. En la orilla sur se ve Puerto Williams, la población chilena que le disputa a Ushuaia el honor de ser “ciudad del fin del mundo”. Poco después el canal se abre a las aguas del Drake, un paso marítimo abierto y mítico, marcado por numerosos naufragios.Destino: la Antártida.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ushuaia, la ciudad del fin del mundo



Empiezo el blog del viaje al Antártida con retraso por culpa de la promoción de mi libro “La memoria del Ararat”, que me ha tenido abducido desde que regresé. Pero, bueno, empiezo al fin y lo hago en Ushuaia, la llamada ciudad del fin del mundo, en la Tierra del Fuego argentina. Había estado en ella hace más de diez años, pero vuelve a sorprenderme la belleza del escenario natural: los picos y glaciares que le cubren las espaldas y el canal del Beagle enfrente. Los turistas chinos, que cada día abundan más, se hacen fotos los unos a los otros con Ushuaia como fondo de pantalla.
Cuando sale el sol destacan en Ushuaia las casas pintadas de colores vivos, el Penal del Fin del Mundo, con el Petiso Orejudo en plan estrella, y el Museo del Fin del Mundo, donde te ponen un sello en el pasaporte y te hablan de mares peligrosos y naufragios. En el puerto llaman la atención las pintadas oficiales que insisten en que las Malvinas son argentinas y recuerdan que “los buques piratas ingleses” no son bienvenidos. La sombra de las Malvinas es alargada en el tiempo…
Cuando paseas por Ushuaia, arriba y abajo por la calle San Martín, te fijas en las agencias que venden billetes para la Antártida, un “fin del mundo” todavía más lejano, los restaurantes especializados en centolla y los bares donde se concentran los viajeros. De día, el bar de moda es el Ideal, donde se come a buen precio; de noche, el Pub Dublín. Allí puedes distinguir, por el brillo en la mirada, a los viajeros que han regresado de la Antártida. Aunque, bien mirado, puede que el brillo se deba al exceso de alcohol. La Antártida, en cualquier caso, está ya muy cerca. Mañana, por fin, me embarco.

sábado, 10 de enero de 2015

Viaje al frío de la Antártida

Dentro de unos días viajo a la Antártida. Hace tiempo que soñaba con este viaje, y por fin se hará realidad. El prólogo será muy largo, ya que incluye un largo viaje en avión hasta Buenos Aires, una noche en la capital argentina para gozar unas pocas horas del verano austral, y un vuelo final a Ushuaia, en la Tierra del Fuego. Allí me embarcaré en el Fram, un barco de la compañía noruega Hurtigruten que tiene el mismo nombre que el velero con el que Fridtjof Nansen y Roald Amundsen realizaron sus exploraciones árticas. El Fram ya me llevó hace unos años a las islas Svalbard y a Groenlandia. Ahora me lleva aún más lejos.
En el viaje a Groenlandia, recuerdo que el capitán del Fram, un noruego llamado Arild Harvik, me contaba que el mundo del hielo parece hostil y antipático de entrada, pero que casi todos los que viajan al Ártico optan por repetir. "Los icebergs, el mar de hielo y los grandes glaciares provocan adicción", añadió con una sonrisa. Y debe de ser verdad, ya que una vez más me dirijo a esos mares helados en los que aún resuena el eco de las grandes exploraciones.
Recuerdo que en 2003 estuve en Ushuaia, un lugar fascinante, un fin del mundo. Ya entonces quise viajar a la Antártida, pero el presupuesto no alcanzaba. Ahora podré por fin cubrir el sueño y cruzar el mítico paso del Drake y los paisajes helados que fueron testigos de las aventuras épicas de Amundsen, Scott y Shackleton. El hielo me reclama.


martes, 30 de diciembre de 2014

Un lugar mágico llamado Sangri-la



Asociamos Shangri-la con la utopía, con un mundo aparte en el que la felicidad está al alcance, pero el nombre de Shanrgi-la fue usurpado hace años por una cadena hotelera que pretendió asociarlo al lujo oriental. No nos engañemos: felicidad y lujo son cosas muy diferentes.
Llego a Shangri-la, en la provincia de Yunnan, no muy lejos del Tíbet, sabiendo que hay algo de trampa en este lugar. Fue el novelista británico James Hilton quien en 1933, en la novela Horizontes perdidos, escribió por primera vez el nombre de Shangri-la. Era un valle secreto, cerca del Himalaya, en el que había un monasterio en el que la gente vivía más de doscientos años en estado de felicidad. Vino después, en 1937, la película de Frank Capra, que acrecentó el mito de Shangri-la. 
Los chinos, que son unos linces, decidieron hace unos años aprovechar el tirón del mito y, aprovechando una simple hipótesis, le pusieron a una ciudad que hasta entonces se llamaba Zhongdian el nombre de Shangri-la. Construyeron carreteras y con el nuevo nombre consiguieron atraer al turismo internacional. Hace un año, sin embargo, la parte vieja de Shangri-la se quemó. Shangri-la ya no es lo que era, aunque quedan todavía algunas calles con encanto, el bello monasterio budista de Songzanlin, la montaña del Dragón de Jade, los apacibles yaks del valle de Napa y el molino de oración más grande del mundo, en el Templo Dorado. A pesar de todo, merece la pena viajar a Shangri-la, un lugar bendecido por la magia de un nombre utópico.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Lijiang, una ciudad de cuento



Vista desde las alturas, Lijiang parece una ciudad de cuento. Los tejados grises y uniformes de sus bellas casas de piedra, con las altas montañas al fondo, le otorgan una consistencia etérea, como si hubiera surgido de un sueño. Cuando desciendes a la ciudad, al atardecer, esperas que el sueño se prolongue, pero no tarda en convertirse en una especie de pesadilla. Lijiang, una de las ciudades más bien conservadas de la provincia de Yunnan, con sus calles empedradas sin coches y sus más de trescientos puentes de piedra, ha sido tomada por masas turísticas que la han convertido en un parque temático. Me cuentan que la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1997, pero en vista de los desastre del turismo, se está planteando retirarle el honor. No me extraña.
Con Lijiang sucede en buena parte lo que escribió Paul Theroux: “Cuando un lugar adquiere fama de paraíso, sé que no tardará en convertirse en un infierno”. Las casas y tiendas tradicionales se Lijiang se han convertido en tiendas dedicadas a los numerosos turistas; y las antiguas casas que se asoman a los canales han sido invadidas por una música estridente que invade toda la ciudad. Es una pena, pero la ciudad de los sueños no tarda en agobiar al viajero. 
Cuando nace el día, cuando la fiebre consumista aún no se ha apoderado de Lijiang, es un buen momento para hacer las paces con la ciudad. Las calles están vacías y las tiendas cerradas, y el agua de los canales contribuye a pregonar la calma. En la plaza bailan unos viejos naxi, la etnia local, y el mercado vibra con productos exóticos. Un poco más allá, en el Jade Spring Park, el murmullo de las fuentes, el agua reposada y los templos contribuyen a recuperar la calma y a hacer las paces con Linjiang, una ciudad que Peter Goullart describió hace años en Forgotten Kingdom, un libro delicioso que nos devuelve a un pasado en el que todavía no existía el llamado turismo de masas.

domingo, 14 de diciembre de 2014

El Salto del Tigre



Los chinos no se andan con rodeos: si un lugar merece el nombre de Garganta del Salto del Tigre hay que poner la estatua de un tigre en algún lugar. Hay una, por tanto, a la entrada de la gran atracción de la provincia de Yunnan, calificada AAAA según el criterio oficial. Aunque le falte una A para alcanzar la perfección turística, cada año acuden a esta impresionante garganta millones de turistas.
A lo largo de quince kilómetros, el río Yangtsé se abre paso entre dos altos acantilados, con picos de más de cinco mil metros en la cercanía. El agua truena y bulle, amenazante, mientras los chinos se hacen fotos con posturas de foto. Cuenta la leyenda que un tigre logró huir de un cazador saltando el río por su parte más estrecha. De ahí el nombre y de ahí la estatua del tigre que hay en lo más alto, y la que hay en la orilla.
En medio, turistas y más turistas, sobre todo chinos, que bajan y suben las empinadas escaleras. El lugar impresiona, y también la gran Montaña del Dragón de Jade que domina esta parte de China. La grandeza del paisaje de Yunnan se diploma en esta garganta apadrinada por un tigre saltarín.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El puente, la plaza, el mercado y la calma de Shaxi



A la entrada de Shaxi hay un monumento con caballos y arrieros que recuerdan que la riqueza de la población viene de la antigua Ruta del Te, que unía Yunnan con el Tíbet, por caminos de herradura, para comerciar con el famoso te que se cultiva en esta región. Alrededor de Shaxi, sin embargo, no hay campos de te; sólo un precioso valle lleno de arrozales y un río de aguas tranquilas. En el río hay un bello puente que se diría que está para inspirar a pintores paisajistas. Constable, por ejemplo.
 Shaxi es una población preciosa, aunque la nueva autopista hace que cada día reciba más turistas. Tiene una hermosa plaza con un viejo teatro, casas bajas tradicionales que albergan agradables pensiones, callejones escoltados por canales de riego y un gran mercado, los viernes, en el que los campesinos de las montañas, ataviados con ropas de colores vivos, venden verduras, frutas, setas, fideos, tofu, especias y lo que haga falta.
Cuando uno se cansa del mercado, puede perderse por unos callejones que respiran una calma de otro tiempo. No sé por qué, pero mientras paseo por Shaxi me acuerdo, por contraste, en las multitudes de Hong Kong o Shanghai. Nada que ver, por supuesto. Aquí reina una calma de otros siglos, una calma que, vistos los tiempos que corren, vale su peso en oro. Quizás por eso muy cerca de Shaxi se encuentra un lugar ideal para la meditación, Shibao Shan, una montaña en la que los templos budistas se funden con la naturaleza.