viernes, 4 de marzo de 2016

"Road movie" por Gujarat, en la India

Sucede a menudo cuando viajas. Vienes de una paliza de más de veinte horas de vuelo, incluyendo aeropuertos, traslados y cambios de avión, y de repente te meten en un autocar y, casi sin tiempo de descansar, te encuentras inmerso en una road movie que no acabas de entender de qué va. En este caso, llegué a Ahmedabad desde Bombay, me metieron en un autobús llamado Krish y empezaron a pasearme por el estado de Gujarat. Mi compañía: un amigo de Madrid, un yanqui de ciento cincuenta kilos de peso y veinticinco indios que no paraban de sonreir.
En una carretera india pasa de todo: familias enteras en una moto (sin casco, por supuesto), rickshaws repletos, camiones que desafían cualquier límite de carga, conductores que van en contradirección sin inmutarse, una caravana de camellos que se dirige al desierto o una manada de búfalos que cruza con parsimonia el asfalto.
Sabes que, en estas primeras horas, no se trata de comprender nada: estamos en la etapa inicial del viaje, cuando todo consiste en mirar por la ventanilla e ir capturando imágenes que te hacen entender que sí, que estás en la India, un país donde casi todo es posible. El viaje ha empezado y pronto sabrás que has llegado a un nuevo país de las maravillas.



viernes, 12 de febrero de 2016

Final de viaje en Bangkok



Este viaje por Tailandia termina en Bangkok, una ciudad que puede llegar a ser estresante, pero que también cuenta con lugares relajantes donde es posible olvidar que estamos en una de las grandes ciudades de Asia. Uno de estos lugares es el templo de Wat Poh, con el gran Buda echado, o la Casa Museo de Jim Thompson, un comerciante norteamericano de seda que desapareció misteriosamente hace más de cuarenta años.
La calma que desprende la casa es todo un contraste con los muchos interrogantes que dejó atrás ese hombre que fue espía durante la Segunda Guerra Mundial. Aparte de la casa de Jim Thompson, merece la pena subirse a un autobús fluvial para ver el skyline de la ciudad desde el río, darse un masaje (o varios) y pasear por Chinatown para comer en alguno de sus pequeños y maravillosos restaurantes.  
Para culminar el viaje, lo que se lleva en Bangkok son las copas en los sois del barrio de Sukhumvit, donde la marcha está asegurada, o el shopping compulsivo. Los infinitos tenderetes de la calle y los centros comerciales, como el barato MBK o el caro Parangon, parecen estar esperando a los turistas para que no se vayan de vacío de Tailandia. ¡Y hasta la próxima!

miércoles, 10 de febrero de 2016

Un alto en Ayutthaya

Merece la pena detenerse en Ayutthaya antes de llegar a Bangkok. Merece la pena contemplar las ruinas de la antigua capital donde confluyen tres ríos. La fundó en 1350 el rey U Thong y fue destruida en 1767 por los birmanos. Quedan, sin embargo, unas bellíssimas ruinas, bien delimitadas en el centro histórico, con restos de estupas y muros de ladrillos longevos y con la que debe de ser la cabeza de Buda más fotografiada del mundo, que se muestra inquietante atrapada entre raíces.



Pasear entre los templos, a pie o en tuk tuk, es siempre agradable en Ayutthaya. Algunos grupos turísticos que llegan desde la cercana Bangkok prefieren hacerlo en elefante. Dicen que queda mejor en las fotos, pero la verdad es que queda muy guiri. Cuando uno se cansa del sol, o de la lluvia, un buen lugar para comer unos fideos en el popular restaurante Lung Lek. Entre los templos, un paseo por el Wat Phra Si Sanphet es recomedable.
La pensión donde me hospedé en Ayutthaya, la Baan Lotus Guetshouse, resultó ser muy agradable: con una casa de madera estilo thai, jardín, lago y un buen precio. La propietaria, además, es una adorable viejecita que habla como si te estuviera contando un cuento. Todo un contraste con el stress de Bangkok, a tan sólo setenta kilómetros de distancia. Una eternidad.






viernes, 29 de enero de 2016

A Sukhothai le sientan bien las ruinas



Empieza una road movie a la tailandesa: de Chiang Mai hasta Ayutthaya, con parada en Sukhothai. La primera etapa, de 220 kilómetros, nos lleva a Sukhothai por buenas carreteras rodeadas del esplendor verde del sudeste asiático. Una vez allí, descubro que a la que fue capital del imperio hace ochocientos años le sientan bien las ruinas.
El Parque Histórico de Sukhothai, a unos doce kilómetros de la ciudad del mismo nombre, cuenta con once templos que son ideales para visitar en bicicleta. La entrada cuesta 100 bahts, más 10 de la bici. Los muros de ladrillos mal encajados, las columnas que ya no sostienen nada y las numerosas estatuas de Buda que se reflejan en los estanques recuerdan la gloria perdida. 
Fuera de este recinto, el poco frecuentado templo de Wat Chang Lom muestra un discreto encanto difícil de superar. Las 36 cabezas de elefante esculpidas en la base le dan un aire original que se refuerza al atardecer, cuando la luz se vuelve más cálida. Se está bien en Sukhothai, la antigua capital.

domingo, 24 de enero de 2016

Cenando a orillas del Mekong



Los grandes ríos siempre me atraen, y más aún si tienen un hálito literario, como es el caso del Mekong. Navegué por él años atrás, hasta la bella ciudad de Luang Prabang, en Laos, o al espacioso delta, en Vietnam. En esta ocasión me conformo con cenar en uno de los chiringuitos que se montan junto al río en Chiang Saen, en Tailandia. Mantel en el suelo, comida buena y barata y una luz que viste el río de plata y se resiste a retirarse.
En el puerto de Chiang Saen hay barcazas que transportan mercancías a la China. Un poco más al este, desde Chiang Khong, puedes navegar río abajo, hasta Luang Prabang. No muy lejos se encuentra el lugar donde coinciden las fronteras de Tailandia, Birmania y Laos. La tentación de ir más allá siempre está presente. 
De todos modos, se está tan bien cenando junto al Mekong que la tentación puede aplazarse. Lo que toca hoy es disfrutar del momento y sumergirse en la literatura que desprende este río mítico de 4.350 kilómetros que nace en el Himalaya y desemboca en el Mar de la China Meridional.
Duermo en una pensión cerca del río y me asaltan exóticos sueños que parecen salidos de las novelas de Joseph Conrad. Mekong, por cierto, significa “la madre del agua”, un bonito nombre.

jueves, 14 de enero de 2016

Nos vamos un momento a Birmania



De todas las cosas que vi en Birmania, la que más me llamó la atención fue este cartel dirigido a los motoristas en Tachileik. Me gusta porque es claro y conciso, sin problema de lengua. Esto no puede hacerse y ya está. Cierto que también vi algunos templos y comí de maravilla, pero los viajes tienen eso: al final te quedas con una imagen que se te queda grabada.
Fue mi amigo Romero el que me propuso la escapada birmana. “Tengo que ir un momento a Birmania”, me dijo mientras estábamos holgazaneando en Chiang Mai. ¿Me acompañas?”. Me sorprendió cómo lo dijo, en un tono neutro, como si dijera: “Voy un momento a comprar el periódico”. Teniendo en cuenta que Mae Sai, el pueblo de la frontera, se encuentra a más de 200 kilómetros, me pareció un capricho curioso. Luego me lo explicó: tenía que ir a Birmania por un lío burocrático. Así pues, subimos a un autobús hasta Chiang Rai y luego a otro hasta la frontera, que pasamos a pie, sin agobios. Lo curioso es que, en vez de ponerte un sello, si vas de paseo por unas horas, la Policía birmana se queda con tu pasaporte, te da uno provisional y te lo devuelve cuando regresas. Allí, por cierto, vi este otro cartel. 
El “momento birmano” estuvo bien. De paso estuvimos un día en un agradable poblado akha del Triángulo de Oro, paseamos por plantaciones de te y nos bebimos unas buenas cervezas a orillas del Mekong, en Chiang Saeng. Tardamos unos cuantos días, pero es lo que tienen los viajes: que la línea recta y el camino más lento casi nunca es lo mejor. Lo bueno siempre toma su tiempo.



martes, 5 de enero de 2016

Monasterios, altares, budas y fiestas

En Chiang Mai abundan los monasterios. Basta que des una vuelta a la manzana para que te tropieces con un par, como mínimo. En cada casa, además, hay un altar dedicado a los dioses que cuenta con comida, bebida, flores y otras ofrendas. La religión está por todas partes, pero no agobia. La prueba está en estos simpáticos monjes de plástico, equipados con elegantes gafas, que piden limosna con una sonrisa.
De todos modos, si uno prefiere pasar de los templos, en Chiang Mai no es problema. La vida está en la calle, en todas partes y a todas horas. Si ese día no hay fiesta, pues se inventan una, que la vida está para darse unas alegrías. Para el cumpleaños del Rey de Tailandia me di de bruces con un animado desfile del que forma parte esta bella carroza.
Y así sigue la vida en Chiang Mai, entre templos, altares, budas, desfiles y una alegría contagiosa. La prisa y el estrés, por cierto, están mal vistos en estas latitudes.